La cita es este lunes 1 de junio en El Campín. Bogotá se viste de gala para despedir a la Selección Colombia en un amistoso contra Costa Rica, antes de que el grupo parta hacia los Estados Unidos a disputar el Mundial 2026. Con el 90% de los convocados ya concentrados en la capital incluyendo a referentes como James Rodríguez y la reciente incorporación de Luis Díaz, el ambiente respira un optimismo desbordante. Sin embargo, en el fútbol, como en la política, conviene no confundir los aplausos de la tribuna con la realidad del terreno de juego.
El rival de turno, una Costa Rica dirigida ahora por Fernando Batista y que carga con el peso de no haber clasificado a la cita mundialista, llega en pleno proceso de reestructuración. Es inevitable recordar aquel 3-0 a favor de Colombia en la Copa América 2024; un antecedente que alimenta el ego del hincha, pero que aporta poco al análisis riguroso de lo que se viene. Para los ticos es el inicio de un ciclo; para los hombres de Néstor Lorenzo es la penúltima parada antes de la verdad.
El verdadero termómetro no estará en la fiesta capitalina, sino en la capacidad de Lorenzo para engranar las piezas que faltan y mantener los pies sobre la tierra.
La nota destacada de la concentración la ponen Daniel Muñoz y Jefferson Lerma, quienes llegarán con el impulso anímico de haberse coronado campeones de la Conference League con el Crystal Palace en el Reino Unido. Un logro notable que, paradójicamente, obligará al cuerpo técnico a un manejo milimétrico de las cargas físicas en esta recta final. Tras el duelo en Bogotá, quedará el último ensayo en San Diego ante Jordania el 7 de junio, un rival que sobre el papel suena exótico, pero que servirá para pulir los últimos detalles tácticos.
Mirando el panorama completo, el sorteo del Mundial le ha otorgado a Colombia un camino que invita a la máxima exigencia, pero también a la prudencia. Ubicada en el Grupo K, la Selección arrancará su participación el 17 de junio contra Uzbekistán en Ciudad de México, continuará el 23 de junio frente a la República Democrática del Congo en Guadalajara, y cerrará la fase de grupos en Miami ante la siempre temible Portugal de los grandes escenarios, el sábado 27 de junio.
El diseño del fixture parece un guion perfectamente estructurado: dos rivales iniciales que, aunque de menor cartel histórico, representan la típica trampa de la Copa del Mundo si se les mira por encima del hombro, seguidos por un plato fuerte que definirá las verdaderas aspiraciones del proceso de Lorenzo.
La mesa está servida. El Campín cumplirá con su papel de dar el último abrazo y el calor que la altura bogotana permita. Pero una vez que ruede el balón en México y Estados Unidos, la poesía de las despedidas quedará atrás. A partir de ahí, solo valdrán los puntos, la estrategia y la jerarquía de un equipo que ya no puede conformarse con solo participar.


































































