El fútbol femenino ha tenido que derribar murallas para ganarse un lugar en la conversación deportiva mundial. Ha conquistado estadios, patrocinadores y audiencias a fuerza de disciplina y nivel técnico. Sin embargo, persisten dinámicas superficiales que amenazan con desviar el foco hacia un terreno que nada tiene que ver con el deporte: la hipersexualización y la reducción de las atletas a meros objetos de admiración estética. El caso de la jugadora croata Ana María Marković pone sobre la mesa una discusión tan incómoda como necesaria.
Resulta sintomático que, en plena época de consolidación del balompié femenino, el titular recurrente para referirse a una profesional del deporte sea “la futbolista más hermosa del mundo”. La etiqueta, lejos de ser un elogio inofensivo, funciona como un filtro distorsionador. Cuando el rendimiento táctico, el despliegue físico y el talento con el balón quedan supeditados a la apariencia de la jugadora, el periodismo y la audiencia cometen un gol en contra contra la equidad.
A ningún futbolista masculino se le mide la calidad de su tiro libre por la simetría de su rostro, ni se condiciona el análisis de su rendimiento físico a su atractivo visual. Exigir que a las mujeres se las juzgue bajo el mismo rasero deportivo no es una postura radical; es el principio básico de cualquier análisis profesional. La estética y el talento pueden coexistir, pero en el ámbito de la alta competencia, la primera no debería ser jamás la protagonista del titular.
El reclamo de Marković es la voz de muchas deportistas que se niegan a que su carrera termine reducida a una fotogalería o a una tendencia en redes sociales. El verdadero respeto por el fútbol femenino exige cambiar el ángulo de la cámara: dejar de enfocar la figura para empezar a analizar el juego. La pelota no distingue de rostros, y el periodismo deportivo tampoco debería hacerlo.


































































