El sur del Cauca volvió a ser escenario del terror este domingo festivo. Mientras el país descansaba, en El Bordo, cabecera municipal de El Patía, dos criminales en motocicleta atentaron con granadas de fragmentación contra una patrulla de la Policía Nacional. Ocurrió a las 6:55 de la tarde, en plena “zona rosa”, un lugar donde a esa hora familias, comerciantes y jóvenes buscaban un momento de esparcimiento. El balance, afortunadamente y por un milagro de la física, no dejó víctimas fatales: tres uniformados heridos y aturdidos, pero estables. Sin embargo, el daño psicológico e institucional ya está hecho.
Este nuevo ataque no es un hecho aislado; es el síntoma de una enfermedad crónica que padece el departamento. Que el atentado ocurra sobre la vía Panamericana, el cordón umbilical que conecta a Popayán con Pasto, no es una coincidencia. Es una demostración de poder por parte de los grupos armados ilegales que operan en la región, un mensaje directo al Estado para demostrarle que ellos controlan los tiempos, los espacios y la tranquilidad de los ciudadanos.
Lo más grave de esta situación no es solo la violencia en sí misma, sino la peligrosa habituación a la que nos estamos sometiendo. Nos hemos acostumbrado a que los fines de semana en el Cauca se cierren con un reporte de explosivos, ráfagas de fusil o uniformados heridos.
Para los comerciantes y habitantes de El Bordo, el miedo es una variable económica más. ¿Cómo prosperar, cómo reactivar el turismo o la vida nocturna en un puente festivo si salir a la calle implica el riesgo de quedar atrapado en medio de una detonación? La economía local se asfixia bajo el yugo de la zozobra.
La respuesta institucional no puede seguir limitándose al tradicional “se adelantan las investigaciones” o a la contabilidad de heridos leves. El Cauca necesita un despliegue de inteligencia militar y policial que anticipe estos movimientos, pero sobre todo, una estrategia social integral. Mientras la fuerza pública siga siendo el único rostro del Estado en estas zonas, seguirá siendo el blanco preferido de quienes pretenden sembrar el caos.
El ataque en El Patía es una alerta roja en un tablero ya ensangrentado. La estabilidad de los tres policías heridos es un alivio, pero la seguridad del Cauca sigue en estado crítico. No podemos permitir que el terror se convierta en el paisaje natural de nuestra geografía.


































































