El ajedrez político colombiano no da tregua y, a medida que se dilata la sombra de la segunda vuelta, las fichas se mueven con una velocidad vertiginosa que deja poco espacio para el titubeo. La reciente renuncia de Nicolás Pérez a la gerencia nacional de la campaña de Paloma Valencia para sumarse a las huestes de Abelardo de la Espriella no es un simple cambio de bando; es el síntoma inequívoco de un pragmatismo electoral que empieza a devorarse las lealtades tradicionales de la derecha en favor de la “extrema coherencia”.
Hasta hace poco, la candidatura de Paloma Valencia se erigía como el bastión institucional del Centro Democrático. Tras ganar la nominación interna y consolidar su consulta, parecía la carta natural para dar la batalla. Sin embargo, la política real no se nutre de nostalgias institucionales, sino de dinámicas de poder y de la lectura fría de las encuestas. Hoy, los números y las calles parecen cantar un dueto distinto, uno donde los finalistas proyectados son Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella.
El portazo de Pérez , quien no era un actor secundario, sino el estratega desde el “minuto cero”, deja al descubierto las grietas internas de un proyecto que, a ojos de sus propios creadores, se equivocó de brújula. Su frase, “Quien se equivoca de enemigo, se equivoca de discurso”, es un dardo directo al corazón de la estrategia de Valencia y una radiografía del desespero de un sector que ve en la continuidad del modelo actual un riesgo inminente de “Estado fallido”. Para Pérez y los que empiezan a seguir sus pasos, el enemigo real es el proyecto de Cepeda, y la única forma de frenarlo es abandonando los matices.
“Abelardo de la Espriella hoy es el único que ha sido capaz de generar un movimiento ciudadano auténtico, apasionado y genuino, capaz de derrotar a Iván Cepeda”. Nicolás Pérez.
Es aquí donde la figura de De la Espriella, apodado “El Tigre”, deja de ser un fenómeno de opinión en redes para convertirse en el epicentro de la gravedad de la oposición. Su narrativa de autoridad radical, seguridad sin complejos y un discurso sin filtros institucionales está logrando lo que la centroderecha tradicional no pudo: canalizar la indignación y el miedo de un electorado que siente que el 60% del territorio está en manos de la criminalidad.
La jugada de Nicolás Pérez es un llamado abierto a la capitulación de los egos en favor de un voto útil de supervivencia política. Al pedir “unidad” y deponer ambiciones personales, envía un mensaje demoledor a Paloma Valencia: la respetabilidad histórica no basta para ganar elecciones cuando el electorado pide garras.
La recta final está definida y el escenario de polarización absoluta está servido. La pregunta ahora no es si la derecha se unirá en torno a De la Espriella, sino cuántas fichas más caerán del lado de Valencia antes de que el tablero termine de alinearse por completo de cara al asalto final contra Cepeda. La campaña dejó de ser un debate de programas para convertirse en una guerra de trincheras. Y en la guerra, el pragmatismo siempre se impone a la doctrina.


































































