A pocas horas de que las urnas definan el rumbo político del país, el nerviosismo en los cuarteles generales no solo se mide en las encuestas públicas, sino en las confesiones que se filtran desde las entrañas de los equipos de campaña. El panorama que describe el periodista Javier Negre desde Washington, tras conversar con miembros del círculo cercano de Paloma Valencia, no es solo un síntoma de debilidad electoral; es la crónica de una implosión interna motivada por decisiones estratégicas erráticas y una evidente desconexión con las bases.
Cuando la mitad de tu propio equipo de campaña reconoce en privado que el voto de mañana no será para su jefa, sino para su principal contendor, Abelardo de la Espriella, el problema ya no es de logística ni de presupuesto: es de fe. La militancia y los estrategas huelen la derrota antes de que se cuenten los votos, y el ambiente de desesperación que se describe, marcado por el estrés, los gritos y la pérdida de control, es el reflejo de un barco que navega a la deriva frente al avance incontenible de un rival al que ya apodan “El Tigre”.
Los errores de cálculo: Oviedo y la identidad uribista
El análisis de esta debacle interna obliga a mirar las decisiones de fondo. El descontento de los propios colaboradores de Valencia apunta a un error de manual: la elección de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial. Para el ala más doctrinaria del uribismo, la inclusión de una figura como Oviedo resultó sencillamente incompatible con los valores conservadores tradicionales que sostienen ese fortín político.
Haberse dejado arrastrar por el diseño de campaña de asesores como Germán Medina y Luis Duque terminó por desdibujar la identidad de la candidata. La estrategia erró una premisa básica en política: para ganar el centro, no se puede traicionar ni descuidar la casa matriz.
“Muchos de nosotros le dijimos que fue un error apostar por un candidato a la vicepresidencia como Oviedo… Se ha dejado llevar por asesores que han hecho un desastre de campaña”.
— Testimonio de un miembro del equipo de Valencia.
El contraste de la calle: Autobuses vs. Convicción
La temperatura de una campaña se mide en las plazas públicas, y allí el contraste ha sido demoledor. Mientras que los eventos de Abelardo de la Espriella se han caracterizado por una movilización orgánica de ciudadanos que asisten por su propio pie y por pura convicción, la campaña de Paloma Valencia ha tenido que recurrir a las viejas y desgastadas prácticas del “acarreo”. Llenar los recintos con autobuses para que la gente se marche a los veinte minutos de iniciado el acto es la prueba reina de que el mensaje no estaba calando.
La base uribista extraña la contundencia. De ahí que en los pasillos de la misma campaña se escuche con fuerza el lamento de que “con María Fernanda Cabal esto no habría pasado”. Sin embargo, la sombra de Álvaro Uribe Vélez planea sobre esta designación, sugiriendo que la apuesta por Valencia respondía más a la búsqueda de un perfil “controlable” que a la capacidad de encender el fervor popular que hoy reclama la derecha.
La orden del final: El refugio en el ataque digital
Frente a la incapacidad de llenar plazas y retener la fidelidad de sus propios cuadros, la última orden emitida desde la dirección de la campaña de Valencia parece ser el repliegue hacia las redes sociales con un único objetivo: atacar a De la Espriella. Una táctica de tierra arrasada que suele ser el último recurso de quienes ya no tienen propuestas atractivas con qué competir.
hoy se abrirán las urnas y la realidad se impondrá sin matices. Pero más allá del escrutinio final, la lección que deja esta campaña es clara: en la política moderna, la autenticidad y el respeto por los principios de la base no son negociables. Cuando intentas complacer a todos terminas por no representar a nadie, y el costo de ese desdibujamiento se paga, en primer lugar, con la lealtad de los tuyos.
SANDRA CALDERON NUÑEZ
COLUMNISTA / FUNDADORA CORPORACION COLOMBIA EXTREMO


































































