Popayán se encamina a su quinto centenario, un hito que no puede pasar desapercibido para una ciudad que es, en esencia, uno de los pilares sobre los que se construyó la historia republicana de Colombia. En una de esas carambolas legislativas que mezclan la urgencia histórica con el ocaso de los mandatos, el Congreso de la República aprobó en último debate el proyecto de ley que busca tirar la casa por la ventana para esta celebración. La iniciativa, liderada por la senadora Paloma Valencia y covotiada por el representante Óscar Campo, le da dientes al Gobierno Nacional para invertir en la cultura, el patrimonio y la infraestructura que la “Ciudad Blanca” tanto grita por tener.
Hasta ahí, la foto es bonita. Es el triunfo de la gestión, el deber cumplido y el legado de piedra y asfalto que quedará para la posteridad. Sin embargo, en la política local las victorias de papel suelen contrastar drásticamente con los golpes de la realidad electoral.
Para Óscar Campo, la aprobación de este proyecto es una medalla de oro colgada al cuello justo después de una derrota estrepitosa. El congresista, que esperaba que su trayectoria y su arraigo le aseguraran un tiquete de regreso o un ascenso cómodo en el Capitolio con el respaldo del pueblo caucano, se topó de frente con una cruda “quemada” en las urnas. La política es un deporte de ingratitudes: el mismo electorado que hoy se beneficiará de las inversiones de los 500 años, le dio la espalda en las elecciones, demostrando que el voto en el Cauca ya no se endosa por el retrovisor de las promesas cumplidas, sino por las pasiones y las fracturas del presente.
La paradoja del legislador: Campo culmina su trabajo legislativo entregándole a Popayán una herramienta financiera histórica para su futuro, justo cuando los payaneses y caucanos decidieron que su propio futuro político no iba más.
Es una despedida agridulce, casi poética. El parlamentario cierra su ciclo dejando firmada la autorización de recursos que transformarán la infraestructura local, una apuesta por el desarrollo y la proyección de la capital. Se va con la tarea hecha, pero con las manos vacías de poder inmediato.
Queda ahora en manos del gobierno de turno y de las administraciones locales ejecutar con transparencia lo que se aprobó entre pasillos bogotanos. Popayán tendrá su homenaje, merecido y necesario. Óscar Campo, por su parte, se retira del Congreso dejando una ley de la República bajo el brazo, pero con la lección de que en el Cauca, el amor político es efímero y que las urnas, a veces, no perdonan ni a los que traen el pan a la mesa. Al final, la historia recordará los 500 años; los políticos, solo las cicatrices de la última campaña.


































































