Hay verdades que se dicen a medias por temor, *y otras que estallan en los corrillos del Parque Caldas, donde todo se sabe, todo se comenta y nada se oculta bajo el cielo de Popayán.* Hoy toca hablar sin rodeos, de manera castiza y con la crudeza que exigiría el *mismísimo Gabriel García Márquez para describir el realismo trágico de la burocracia local: para el sistema, el sudor de los trabajadores por Orden de Prestación de Servicios (OPS) parece que vale mida. Así, sin anestesia*.
Pasar *una cuenta de cobro se ha convertido en una odisea digna de El coronel no tiene quien le escriba*. Mes a mes, el trabajador cumple, trasnocha y entrega su labor. Pero el proceso, que debería fluir con la naturalidad de un derecho adquirido, se estrella de frente contra un muro invisible pero implacable. *Un cuello de botella que no tiene que ver con la falta de presupuesto ni con la eficiencia de Tesorería, donde, nobleza obliga, las cosas se despachan en escasas horas*. El freno de mano tiene nombre y apellido en una oficina particular.
*El drama humano detrás de una OPS no es solo la inestabilidad laboral; es tener que rogar, como quien pide una limosna, para que una sola funcionaria se digne a mover un papel*.
Hablamos de *la “intocable” del área, la consentida de la jefatura, una persona que paradójicamente comparte la misma condición de OPS pero que actúa con los aires de una monarquía absoluta*. Es una verdadera “predicadera” rogarle el favor de que direccione el trámite a quien corresponde para que el proceso siga avante.
Y mientras el trabajador espera con el agua al cuello, el día a día de la “niña de los ojos” de la oficina transcurre en un universo paralelo de comodidad: *una jornada que arranca pasadas las 9:30 de la mañana, un almuerzo sagrado e inamovible a las 12:00 del mediodía, y una maleta que se arregla con afán a las 3:00 de la tarde. ¿Será que el peso de los años le impide rendir al ritmo que la institución necesita, o es simplemente la desidia que otorga el sentirse cobijada por el manto del favoritismo?*
La pregunta que hoy resuena en las bancas del parque, bajo la sombra de los árboles donde se teje la verdadera opinión pública, es directa: *¿Será que el Gran Jefe sabe cómo tratan a sus “hijos” laborales?* ¿Sabe el director, el secretario o el mandatario de turno que la dignidad de su equipo humano depende del capricho y el horario recortado de una sola persona?
*No se trata de atacar por atacar; se trata de exigir eficiencia*. Si la carga le queda grande, es hora de poner a alguien que sí tenga la disposición de trabajar, o al menos, de “apretar las tuercas” institucionales. *El respeto al trabajo no se negocia. Ya basta de que el esfuerzo de los profesionales de esta institución se diluya en el escritorio de la indolencia*.
Es hora de que el Gran Jefe mire hacia abajo y ordene la casa, porque el descontento ya no es un secreto de pasillo: *es un grito a voces que el Parque Caldas ya aprendió a corear*.


































































