Por años, la periferia rural de Popayán ha cargado con un peso desproporcionado. El corregimiento de La Yunga, en particular, ha sido un actor solidario y estratégico para la capital del Cauca, asumiendo dinámicas complejas que benefician a toda la región, muchas veces a costa de su propia tranquilidad y desarrollo. Por eso, el anuncio del avance del 42 % en la pavimentación del corredor El Charco – El Tablón – La Yunga – Río Hondo no es una simple entrega de cemento; es un acto de justicia histórica elemental.
La inversión de más de $7.350 millones bajo la bandera de “Vías para la Vida” apunta al corazón de la desigualdad caucana: la brecha entre el campo y la ciudad. Como bien lo relatan los propios habitantes del sector, la movilidad en la zona ha sido históricamente un calvario que frena la economía campesina, encarece el transporte de productos agrícolas y aísla a las comunidades de servicios básicos de salud y educación. Que hoy se hable de pavimento rígido y de alta calidad es el estándar mínimo que nuestra población rural merece. La dignidad no se mide en parches de tierra compactada, sino en infraestructura duradera.
El gobernador Octavio Guzmán ha puesto sobre la mesa un compromiso audaz: entregar la obra terminada antes de que finalice este año. En un país y un departamento donde los elefantes blancos y las obras inconclusas suelen ser el paisaje común de la gestión pública, la palabra empeñada del mandatario adquiere un peso enorme. Cumplir con los plazos y los estándares de calidad no solo será un logro técnico, sino la validación de que el gobierno de ‘La Fuerza del Pueblo’ realmente sintoniza sus discursos con la realidad del territorio.
El desarrollo del Cauca comienza, sin lugar a dudas, en el surco y en la parcela. Conectar el sector rural de Popayán es dinamizar la despensa que alimenta a la capital. Ojalá este corredor sea el reflejo de una política sostenida y no de un esfuerzo aislado. La Yunga ya cumplió su cuota de paciencia; ahora le toca a la institucionalidad terminar de saldar la deuda. El avance es positivo y genera esperanza, pero la verdadera celebración llegará cuando el último metro de asfalto esté puesto y las comunidades caminen, por fin, sobre la dignidad que tanto tiempo se les esquivó.


































































