La antesala de una elección presidencial siempre está cargada de tensiones, pero existen momentos históricos donde lo que se pone en juego va mucho más allá de un simple cambio de mandatario. Nos encontramos ante una contienda decisiva, una donde no solo se elige un nombre, sino el modelo mismo de Estado y de sociedad en el que queremos vivir. Por ello, hoy más que nunca, el voto debe ser un acto estrictamente libre, autónomo y racional.
Las urnas son el único veredicto real. Hasta que no se cuente el último voto, los pronósticos no son más que especulaciones. En esta última línea de meta, el panorama de una victoria en primera vuelta parece altamente improbable, lo que convierte la decisión de cada ciudadano y muy especialmente la de los indecisos, en el factor que inclinará la balanza.
Sin embargo, para que esa decisión sea verdaderamente democrática, el elector necesita un entorno limpio de interferencias. Hoy, desafortunadamente, ese entorno está bajo asedio desde múltiples frentes:
1. La coacción en los territorios
Es alarmante el llamado de alerta de organismos de alta credibilidad sobre municipios donde la libertad de elegir está secuestrada. Las amenazas, las carnetizaciones forzosas y la presencia armada imponen un preocupante sesgo que evoca aquel viejo y peligroso lema autoritario: “con puño de hierro conduciremos la humanidad a la felicidad”. La democracia no se construye con fusiles apuntando a las urnas.
2. La guerra de cifras y la propaganda
Por otro lado, asistimos a una alarmante pérdida de confianza en las encuestas de opinión. Cuando las mediciones muestran escenarios tan disímiles y contradictorios, dejan de ser herramientas informativas para convertirse en instrumentos de estrategia, propaganda y manipulación psicológica del electorado.
3. La intervención desde el poder
A esto se suma la abierta y preocupante participación en política del propio presidente de la República. Al escudarse en una malinterpretada “libertad de expresión”, olvida los deberes que el artículo 188 de la Constitución Política le impone como jefe de Estado: ser el símbolo de la unidad nacional y el garante de los derechos y libertades de todos los colombianos, no el jefe de debate de una facción.
Lo que verdaderamente está en juego No estamos ante una elección cualquiera. Lo que se somete a escrutinio son los fundamentos mismos del Estado de Derecho: la separación de poderes, la autonomía judicial que protege nuestras libertades, la independencia técnica del Banco de la República —columna vertebral de nuestra economía social de mercado— y la credibilidad de la Registraduría Nacional, una institución que, a pesar de los ataques irresponsables, sigue sosteniendo la confianza pública.
Frente a este bombardeo de distorsiones, el antídoto es la madurez civil. Corresponde a cada ciudadano forjar su propio juicio con total independencia, desoyendo las presiones y evaluando con rigor las calidades de los candidatos. Más allá de las pasiones momentáneas, en el cuarto oscuro debe primar lo que mejor convenga al país y a la institucionalidad que hemos construido con esfuerzo durante más de dos siglos.
La respuesta más contundente ante las amenazas y la manipulación es una participación masiva. Votar con la cabeza y no con el miedo es la única vía para salvaguardar la República.


































































