El sentir de Marcelo Arango Mosquera frente al día a día del periodista es el de un estratega templado por los años. La cortesía, lejos de ser un acto de falsedad, es su herramienta de trabajo: un peaje necesario que permite al “insoportable” seguir cavando su propio foso.
Su motor no es pasivo. Para él, el periodismo tiene un ciclo de vida muy claro:
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El Origen: Nace de la curiosidad, que es la que te lleva hasta la puerta.
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La Supervivencia: Se mantiene vivo gracias a la inconformidad, que es la fuerza que te empuja a derribarla cuando te la cierran en la cara.
“La verdad no se mide por su audiencia, sino por su peso específico.”
Bajo esta premisa, Arango defiende que verificar un dato en la era del titular escandaloso roza la locura, pero es una locura indispensable. Prefiere la verdad arrumbada como registro histórico que el aplauso fácil del autoengaño colectivo.
El Laberinto Ético: Jueces, Aplausos y Silencios
El columnista muestra un profundo desprecio por la soberbia intelectual y el ego periodístico. Identifica los dos mayores peligros del oficio con una lucidez implacable:
| El Enemigo | El Sentir del Columnista |
| Los Aplausos | Son el peligro real. Funcionan como un sedante que adormece el sentido crítico y hace creer al periodista que su ombligo es el centro del universo. El poder, en cambio, al menos te mantiene en guardia. |
| El Rol de Juez | Es pura soberbia. El sentir de Arango es que el periodista debe iluminar contradicciones y poner pruebas sobre la mesa; el veredicto final siempre le pertenece al lector. |
Asimismo, su postura frente al silencio es radical: callar por miedo, pauta o militancia no es prudencia, es una omisión delictiva frente a la verdad. Para él, la indigencia intelectual de la época la encarnan quienes, vacíos de lecturas, confunden los gritos de las redes sociales con argumentos.
El Costo Humano: Lo que el Veneno se Llevó
Hacer periodismo pasa factura, y Marcelo Arango Mosquera lo reconoce con una melancolía serena. Es un oficio que devora la inocencia en la primera semana de práctica y que va diluyendo la tranquilidad con los años, al descubrir que el mundo es mucho más oscuro de lo que enseñan las aulas.
Existe un límite vital para el columnista: no se debe sacrificar la vida privada hasta el punto de anular la propia humanidad. Un periodista roto y sin cable a tierra pierde la empatía, y sin empatía no se pueden contar historias. A cambio de su entrega, el periodismo le ha quitado la paz de la ignorancia: “Una vez que aprendes a mirar detrás de las cortinas, ya nunca vuelves a ver una simple pared”.
La Redención: El Veredicto Final
A pesar de las decepciones, de saber que una entrevista ya no tumba gobiernos ni detiene guerras, el sentir final de Marcelo Arango Mosquera no es de derrota, sino de una profunda y romántica redención.
Si lograr que un poderoso titubee frente al micrófono o cambiar la perspectiva de una sola persona es el único logro, para él es más que suficiente. Con las canas, los desvelos y los costos sobre la mesa, volvería a elegir el periodismo. Al fin y al cabo, es la única profesión que te da una entrada de primera fila para presenciar, en todo su esplendor y miseria, el gran teatro del mundo.


































































