El departamento del Cauca se ha convertido, históricamente, en el termómetro de la paz y el conflicto en Colombia. Sin embargo, las recientes declaraciones del senador Ferney Silva (Pacto Histórico) desde Popayán no son simplemente un lamento más; representan una fractura necesaria en la narrativa política actual. Al calificar de “miserables” a quienes usan el terror para pavimentar su camino al poder, el congresista pone el dedo en la llaga de una realidad que la región ya no puede ocultar: la paz no se vende con muertos.
El secuestro de la democracia
Silva es claro al denunciar que la violencia actual no es azarosa. Existe una intención deliberada de manipular el proceso electoral mediante el miedo. Cuando los grupos armados violan el Derecho Internacional Humanitario (DIH) para incidir en las urnas, no solo están atacando a una fuerza pública o a un gobierno de turno; están despojando a los campesinos y líderes sociales de su derecho fundamental a decidir.
“Estos actos terroristas son de gente apátrida… desean influir en el proceso electoral”, advirtió el senador.
Esta afirmación es un reconocimiento tácito de que, en ciertos territorios, el Estado de Derecho sigue siendo una promesa incumplida, donde el fusil intenta tener la última palabra sobre el voto.
El ultimátum a la Fuerza Pública
Lo más significativo del pronunciamiento de Silva es el destinatario de su exigencia. Siendo un hombre de la coalición de gobierno, su llamado a la Fuerza Pública es un “jalón de orejas” interno que no admite matices. Al exigir resultados “sin más excusas y sin vacilaciones”, Silva rompe con la complacencia y traslada la presión a la cúpula militar y policial.
Es un mensaje potente: la justicia social y la búsqueda de la paz no pueden ser interpretadas como una debilidad operativa del Estado. La protección de la vida es el piso mínimo sobre el cual se construye cualquier proyecto de transformación nacional.
Un camino cuesta arriba
La postura del senador Silva es valiente y necesaria, pero abre interrogantes urgentes:
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¿Cómo responderá el Ministerio de Defensa ante este reclamo directo desde su propia bancada?
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¿Serán capaces las instituciones de garantizar un proceso electoral limpio en el Cauca?
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¿Hasta qué punto la “Paz Total” puede sostenerse si los grupos armados interpretan el diálogo como una licencia para el control territorial?
El Cauca no necesita más oraciones ni mensajes de condolencia; necesita que la operatividad del Estado sea tan contundente como el discurso de sus líderes. La determinación de cambiar el país, como bien dice Silva, se demuestra devolviéndole al pueblo la tranquilidad de caminar por su tierra sin el permiso de un actor armado. Sin seguridad, la paz es solo una palabra bonita en un papel; con terror, la democracia es un simulacro.


































































