La captura en Popayán de un edil del Pacto Histórico junto a otras cuatro personas, sorprendidos en flagrancia con fajos de efectivo y tarjetones marcados, no es solo un escándalo judicial; es un baño de realidad directo a la vena del discurso de la “superioridad moral”.
El ‘modus operandi’ descrito por las autoridades roza el descaro absoluto: camuflar una operación criminal de compra de votos bajo la fachada de un inocente “punto de información” al elector. Una metáfora perfecta de lo que tanto se critica en la política tradicional: usar las herramientas de la democracia para pervertirla desde adentro. Lo que debía ser un espacio de orientación ciudadana terminó siendo, presuntamente, una ventanilla de transacciones ilegales donde la voluntad popular tenía precio.
Para el Pacto Histórico, una coalición que llegó al poder prometiendo cambiar las dinámicas rancias del clientelismo y la politiquería, este golpe en la capital del Cauca es un trago amarguísimo. Demuestra que el discurso del “cambio” se desmorona en las regiones cuando los liderazgos locales caen en las mismas prácticas mafiosas de quienes los antecedieron. La indignación es doble cuando el tramposo se disfraza de renovador.
La lección que nos deja Popayán es tan vieja como la República: la corrupción no es un asunto de banderas o de camisetas ideológicas, sino de oportunidad y falta de escrúpulos.
Comprar votos es, quizás, el delito más rastrero de nuestra fauna política porque se aprovecha de la necesidad de la gente. Un millón de pesos en efectivo y unos cuantos tarjetones marcados son suficientes para alterar el destino de una comunidad que, irónicamente, seguirá sumida en el olvido por culpa de los gobernantes que ascendieron mediante el fraude. Si necesitas comprar el poder, es porque no te alcanzan las ideas ni la decencia para convencer.
La justicia penal debe actuar con la máxima severidad en este caso, pero la sanción social y política debe ser inmediata. Los partidos políticos no pueden seguir lavándose las manos con el desgastado comunicado de “responsabilidades individuales”. Quien avala a un corrupto comparte la responsabilidad del engaño.
Popayán merece líderes que respeten las urnas, no mercaderes de la democracia disfrazados de informadores. Si el “cambio” va a ser esto, entonces cambian los nombres, pero la miseria moral sigue intacta.


































































