El Macizo Colombiano ha vuelto a hablar. El paso de la alerta amarilla a la alerta naranja en el volcán Puracé no es solo un ajuste técnico en las pantallas del Servicio Geológico Colombiano (SGC); es un recordatorio contundente e ineludible de que vivimos sobre una tierra viva. La energía sísmica, la expulsión de gases y el incremento de temperaturas no dejan espacio a la duda: la montaña está inquietándose y la respuesta social e institucional no puede quedarse un paso atrás.
La reacción inicial de la Gobernación del Cauca, activando el Plan Departamental de Contingencia, mapeando albergues, articulando secretarías y desplegando vigías comunitarios, demuestra una lectura correcta del riesgo. La experiencia en Colombia nos ha enseñado, a un costo demasiado alto en el pasado, que en materia volcánica la improvisación es el peor de los desastres.
Sin embargo, el verdadero desafío de esta coyuntura no reside únicamente en la firma de decretos o en la realización de mesas técnicas a puerta cerrada. El reto crítico está en la cultura de la prevención urbana y rural, y en la gestión del miedo.
Por un lado, comunidades como los cabildos de Puracé, Coconuco y Paletará habitan la zona de influencia directa. Para ellas, el volcán no es un actor lejano; es parte de su territorio sagrado y cotidiano. La integración de 52 vigías comunitarios es un acierto rotundo, pues nadie conoce mejor la dinámica del territorio que quienes lo pisan a diario. La gestión del riesgo efectiva no se impone desde un escritorio en la capital; se construye mano a mano con la guardia y las autoridades tradicionales.
Por otro lado, la amenaza latente de la caída de ceniza o la formación de lahares (flujos de lodo) en municipios como Popayán, Totoró y Timbío expone la fragilidad de nuestras zonas urbanas. ¿Estamos los ciudadanos de a pie realmente preparados para un evento de mayor magnitud? A menudo, el pánico viaja más rápido que la ceniza volcánica. La desinformación en redes sociales, las compras de pánico o el desdén por las recomendaciones básicas (como proteger las fuentes de agua y usar tapabocas) son riesgos tan peligrosos como la erupción misma.
Las palabras del geólogo Jaime Raigosa son claras: “Si esta tendencia se mantiene… podríamos tener erupciones más energéticas”. Ante esta advertencia explícita, la calma no debe traducirse en complacencia. La calma debe ser activa, informada y disciplinada.
Es momento de que la ciudadanía asuma su cuota de corresponsabilidad: revisar en familia los planes de emergencia del hogar, ubicar las rutas de evacuación del municipio y, sobre todo, consumir únicamente información verificada por el SGC y los organismos oficiales de socorro.
El volcán Puracé ha puesto su parte al dar las señales a tiempo. Ahora el turno es nuestro. La Alerta Naranja es una ventana de oportunidad que la naturaleza nos concede para medir nuestra madurez como sociedad; responder con orden, empatía y prevención será la diferencia entre una contingencia controlada y un episodio lamentable.

































































