El sur del Cauca vuelve a ser el escenario de una película de terror que sus habitantes ya se saben de memoria, pero que nadie debería verse obligado a protagonizar. Los recientes combates en el municipio de Mercaderes entre el ELN y las disidencias de las FARC no son solo un choque entre dos estructuras ilegales disputándose un corredor de narcotráfico; son, ante todo, la amputación violenta de la vida cotidiana de una comunidad entera.
Hoy, el verdadero protagonista en Mercaderes no es el estruendo de los fusiles, sino el silencio sepulcral del miedo.
Vivir con el corazón en la garganta
Imaginen por un segundo lo que significa que su rutina diaria dependa de la coincidencia geográfica de dos grupos armados. Un miércoles cualquiera, a pleno mediodía, el comercio se cierra de golpe, las calles se vacían y las familias se refugian bajo las camas. No es un simulacro. En Mercaderes, el hogar ya no es un refugio seguro, sino una trinchera improvisada donde se reza para que una bala perdida no atraviese las paredes de adobe o madera.
La comunidad mercadereña hoy experimenta un pánico que se ha tecnificado de la peor manera:
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La amenaza desde el cielo: El uso de drones adaptados con explosivos ha transformado el cielo antes símbolo de libertad en el campo en una fuente de paranoia constante.
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El confinamiento forzado: No hace falta que un grupo armado emita un panfleto prohibiendo salir; el sonido de las ráfagas a escasos metros del casco urbano es el toque de queda más efectivo y macabro.
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La asfixia económica: Con los negocios cerrados y la movilidad paralizada, el sustento diario desaparece, sumando el hambre a la ya pesada carga de la ansiedad.
“Desde hace varios días vienen enfrentándose… La gente cerró sus negocios y prefirió refugiarse en las casas por miedo a quedar en medio del fuego cruzado”. Relato de un habitante de Mercaderes.
La soberanía no es solo desplegar tropas
La respuesta estatal suele ser la misma: la llegada de batallones de alta montaña y el apoyo de la Fuerza Aeroespacial. Y aunque la presencia de la Fuerza Pública es necesaria para contener la barbarie, cabe preguntarse: ¿hasta cuándo la seguridad del Cauca dependerá de apagar incendios temporales?
El miedo de los habitantes de Mercaderes, Bolívar o Argelia no se disipa con un comunicado de prensa que reporta “operaciones ofensivas”. El miedo persiste porque la comunidad sabe que, una vez los reflectores de la opinión pública se apaguen y las tropas se replieguen a otros puntos críticos, ellos quedarán nuevamente a merced de quienes imponen la ley del más fuerte.
La asonada registrada en marzo pasado tras la destrucción de un laboratorio de coca ya lo advertía: el tejido social está bajo una presión insoportable. Cuando la legalidad no ofrece garantías de supervivencia y la ilegalidad coacciona a la población, el ciudadano de a pie queda atrapado en un fuego cruzado moral, físico y emocional.
El imperativo de no normalizar el dolor
No podemos permitirnos mirar al Cauca con la indolencia de quien lee una cifra más en la sección de orden público. Detrás de cada persiana cerrada en el casco urbano de Mercaderes hay niños que hoy asocian el zumbido de un dron con la muerte, comerciantes que ven quebrar sus sueños y campesinos que miran sus tierras con desconfianza.
Mercaderes no quiere ser un corredor estratégico en los mapas de guerra de nadie; quiere ser el territorio de paz que por derecho le corresponde. Devolverle la tranquilidad a esta comunidad requiere más que botas en el terreno; exige arrebatarle a los violentos el control social, institucional y económico de la región. Mientras tanto, el grito de auxilio de los mercadereños sigue suspendido en el aire, esperando que alguien, finalmente, apague el ruido de las balas para que se escuche su derecho a vivir sin miedo.


































































