El regreso a la libertad de la empresaria Zulandy Mambuscay, tras su angustioso secuestro en la vía Popayán – El Tambo, es un alivio inmenso para su familia y una victoria de la vida. Sin embargo, su liberación no debe camuflar la cruda realidad: en el departamento del Cauca, la tranquilidad sigue secuestrada.
Las imágenes del rapto de Zulandy, capturadas en un video que estremece el alma, son el vivo retrato de la cotidianidad caucana. Hombres con pasamontañas, armas largas, interceptaciones a plena luz del día o al caer la noche, resistencia civil desesperada y heridos indefensos. Este no es un hecho aislado; es el pan de cada día en una región que parece haber sido borrada del mapa de las prioridades de seguridad nacional.
Un territorio a merced del crimen
El secuestro de esta empresaria local evidencia que en el Cauca ya no hay distinción de objetivos. No se trata solo de grandes terratenientes o figuras políticas; la delincuencia y los grupos armados ilegales van tras el comerciante, el pequeño empresario y el ciudadano de a pie.
A pesar de las promesas de transformación y de los discursos de “Paz Total” que han marcado la agenda del gobierno de Gustavo Petro, la realidad en el terreno es tozuda y violenta:
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Falta de control territorial: Las vías principales, como la que conecta a Popayán con El Tambo, se han convertido en corredores de impunidad donde las estructuras criminales imponen sus propias leyes y retenes ilegales.
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La zozobra de la impunidad: El hecho de que Zulandy ya esté libre , gracias a Dios y a la presión social, no borra las preguntas incómodas. ¿Quién la tenía? ¿Se pagó un rescate? ¿Qué grupo armado opera con tanta libertad en la zona ante la mirada impotente (o ausente) de las autoridades? El silencio estatal tras su liberación es el reflejo de una institucionalidad desbordada.
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Un tejido social desgastado: Mientras los delincuentes se fortalecen, el motor económico de la región, representado en personas trabajadoras como Zulandy, vive bajo el flagelo de la extorsión y el miedo constante a no regresar a casa.
El balance de una ilusión que se desvanece
El Cauca fue una de las regiones que más respaldó el proyecto político del actual gobierno, con la esperanza de que el cambio prometido se tradujera en desmantelamiento de la violencia y desarrollo social. Hoy, adentrándonos en la recta final de esta administración, el panorama es desolador. Las masacres, los confinamientos, los reclutamientos de menores y los secuestros exprés demuestran que la retórica gubernamental se estrelló de frente contra la crudeza de la guerra.
El verdadero termómetro de la paz no se mide en los despachos de Bogotá ni en las mesas de negociación internacionales; se mide en las carreteras del Cauca, donde la gente aún teme transitar al caer la tarde.
La liberación de Zulandy Mambuscay nos alegra profundamente, pero también nos obliga a levantar la voz. El Cauca no puede seguir siendo el laboratorio de experimentos de paz sin garantías de seguridad real. No se puede hablar de “potencia mundial de la vida” cuando la vida de sus ciudadanos pende del hilo de un fusil ilegal en cualquier carretera veredal. Es hora de que el Estado asuma su responsabilidad constitucional y recupere el territorio, antes de que el departamento entero termine de hundirse en el olvido y la anarquía.


































































