En los momentos de prueba, cuando la fuerza imponente de la naturaleza nos recuerda lo frágiles que somos, la condición humana queda al desnudo. Frente a un desastre como el que hoy ensombrece a Popayán y al país, *evocando los oscuros días de la tragedia de 1983*, no hay riqueza ni poder que valga. Ante la adversidad, todos somos iguales. Por eso, en horas donde el dolor toca la puerta de tantos hogares, el único camino racional y noble es la solidaridad, la empatía y la unión.
Sin embargo, causa profunda indignación observar cómo la indolencia de unos pocos busca instrumentalizar la crisis colectiva para imponer agendas particulares. *Bloquear puntos estratégicos como El Picacho, lugar neurálgico para la recolección y manejo de los desechos de Popayán y municipios vecinos, no es un acto de protesta legítima; es un chantaje inadmisible que agrava la emergencia sanitaria y golpea directamente a la ciudadanía más vulnerable*. ¿A quién le hacen el mandado con estas acciones? ¿Acaso buscan demostrar que la fuerza de la perturbación puede más que la institucionalidad y el dolor de un pueblo?
No hay derecho. *En un día en que el país entero debería estar volcado a la ayuda mutua, a extender la mano generosa y a levantar a las víctimas, resulta inaceptable que se generen nuevos problemas sobre las cenizas de una calamidad*. La ciudadanía está fatigada de los atropellos recurrentes de sectores que anteponen la mezquindad y la ambición política a la vida humana.
Cualquier liderazgo que asuma las riendas de la casa en momentos de *catástrofe, tanto natural como económica, requiere de un margen de maniobra, sensatez y espacio para organizar el desastre heredado y emergente*. Pretender exigir soluciones mágicas o acorralar la gestión pública en las primeras de cambio solo amplifica la crisis. Para caminar, primero hay que gatear, y para reconstruir, primero hay que despejar las vías del diálogo y el respeto.
Este es un llamado vehemente a la cordura, a la humildad y al cese de la violencia en todas sus formas. *Es hora de dejar de lado las divisiones que solo incuban angustia y resentimiento. Unámonos por la protección de cada vida, demostremos grandeza frente a la adversidad y no permitamos que el chantaje de unos pocos eclipse la fortaleza de una comunidad decidida a salir adelante*.
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