La reciente posesión de Juan Carlos Florián como ministro de la Igualdad y Equidad ha provocado un torrente de reacciones, pero más allá de la polarización, su nombramiento y sus declaraciones nos ofrecen una oportunidad invaluable para reflexionar sobre lo que realmente significa la igualdad en un país como Colombia. Al escucharlo, no solo se posesiona un funcionario; se posesiona una historia de vida, una declaración de principios y un desafío a las estructuras tradicionales.
Cuando Florián expresa: “Yo me nombro en femenino porque soy una persona y porque soy una marica”, no está haciendo una simple declaración gramatical. Está redefiniendo los términos del debate. Está reclamando un espacio y un lenguaje que históricamente le fueron negados. Su decisión de nombrarse “ministra” no es un capricho; es un acto de resistencia y de autoafirmación. Al usar la palabra “marica”, un término que en el pasado ha sido usado para denigrar, le quita el veneno y lo convierte en una bandera de identidad y orgullo. Es un recordatorio de que la verdadera igualdad comienza por el respeto a cómo cada persona se nombra a sí misma.
Pero el espejo que nos pone Florián es aún más profundo. Su franqueza sobre su diagnóstico de VIH, su pasado como trabajador sexual y migrante, y su ascenso desde “las calles” hasta el corazón de la política pública, son bofetadas a la élite que tradicionalmente ha ocupado estos cargos. Su historia de vida es la antítesis de la meritocracia convencional, esa que a menudo favorece a los que tienen apellidos, conexiones o fortunas. Florián no oculta sus orígenes; los abraza y los usa como prueba de su aptitud y empatía.
Su nombramiento es un hito para Colombia, un país que necesita urgentemente un diálogo honesto sobre la inclusión. Florián no solo representa a las diversidades sexuales y de género; su trayectoria habla por todos aquellos que han sido invisibilizados: los migrantes, los trabajadores informales, las personas que viven con condiciones de salud estigmatizadas.
La designación de Florián no es una simple pieza del ajedrez político; es una apuesta audaz que desafía la comodidad de los que creen que la igualdad es solo un eslogan. Su tarea será inmensa y las críticas no se harán esperar, pero su voz, su historia y su enfoque interseccional son, sin duda, un faro de esperanza. Nos invita a todos, sin importar nuestra identidad o procedencia, a mirar nuestro propio reflejo en el espejo de la igualdad y preguntarnos: ¿Estamos listos para ver, sin juicio, a todos los que nos rodean?
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