La reciente *elección en la que Arnulfo Mostacilla ha sido ungido por Elías Larrahondo ha generado un fuerte debate y ha dejado a muchos con un sabor agridulce*. La política local, una vez más, nos enfrenta a un dilema: ¿quién decide en realidad los destinos de una comunidad? *¿Los líderes que han construido una base social a pulso o aquellos que son impuestos por el poder de turno?*
Es un hecho que la imposición de un candidato, sin importar sus méritos, genera desconfianza. *Cuando un líder político, con una gran trayectoria, decide respaldar a un aspirante que, a juicio de muchos, no ha demostrado tener el caudal de votos necesario, la pregunta que surge es inevitable:* ¿qué motivaciones hay detrás de esa decisión?. La gente que ha trabajado por años en la base, los líderes comunitarios que han hecho fila, esperando su oportunidad, *sienten que su esfuerzo es desvalorizado.*
El riesgo de la imposición
La imposición no solo desmotiva a quienes se sienten relegados, sino que también debilita el proceso democrático. *En un escenario donde el voto popular es la máxima expresión de la voluntad ciudadana, la idea de que un “ungido” puede llegar al poder sin el respaldo genuino de la gente es preocupante*. Se crea la percepción de que la política no es un espacio de méritos y liderazgo, sino un juego de poder y alianzas entre élites.
Esta situación nos invita a reflexionar sobre el papel que deben jugar los líderes políticos. *Un buen líder no es solo aquel que construye un proyecto para sí mismo, sino el que también es capaz de reconocer y dar espacio a las nuevas generaciones y a quienes*, con su trabajo y dedicación, han demostrado tener un liderazgo real.
*¿Un candidato sin votos?*
La idea de que un candidato *“no tiene votos”* es un tema recurrente en este tipo de elecciones. Si bien un aspirante puede tener un gran recorrido en la administración pública o en otros campos, la conexión con la gente es un factor crucial en la política. Sin esa conexión, sin el trabajo en el territorio, *sin el diálogo con la comunidad, es muy difícil construir un proyecto político sólido*.
*El respaldo de un líder de la talla de Elías Larrahondo*, por supuesto, es un gran activo. Sin embargo, no es suficiente. El liderazgo, en su esencia, es un ejercicio de legitimidad. Y esa legitimidad no se hereda, se construye. Por eso, el reto de Arnulfo Mostacilla será demostrar que su unción no fue un acto de imposición, sino el inicio de un proyecto político que, con el tiempo, *sabrá ganarse el corazón y el voto de la gente*.
Conclusión
En una sociedad que demanda transparencia y meritocracia, la política de la imposición es un camino peligroso. *Es un llamado de atención a los líderes para que piensen más allá de sus propios intereses y le den a la democracia el valor que se merece*. Y a la ciudadanía, para que no acepte candidatos por el solo hecho de ser respaldados, sino que exija líderes que representen verdaderamente sus intereses.


































































