La postal es dolorosa: el Puente de la Custodia, más conocido popularmente como Puente Chiquito, se desmorona ante los ojos de todos. Sus más de 300 años de historia, forjados en piedra sobre el Río Molino desde 1713, penden hoy de un hilo tan frágil como la memoria colectiva. Y esta no es solo la historia de un puente; es el reflejo del estado actual de nuestra conciencia patrimonial en Popayán.
El abandono es total, una herida abierta en el corazón de la ciudad. Las grietas en su estructura y una base socavada son síntomas de una enfermedad que va más allá de la erosión natural. Es la dejadez y el poco interés social y gubernamental lo que está carcomiendo este monumento. Los grafitis que lo rodean no son la peor afrenta; lo es el silencio administrativo.
¿Dónde está la Alcaldía de Popayán en esta emergencia? Presenciar cómo un monumento de esta antigüedad se hunde en el olvido es una muestra flagrante de cómo estamos traicionando nuestro legado. El patrimonio no es un lujo, es la columna vertebral de nuestra identidad. Dejar caer el Puente Chiquito es permitir que se caiga un pedazo de lo que somos.
Y la pregunta más dura no es para la administración, sino para nosotros mismos: ¿o así es nuestra memoria? ¿De frágil, de ingrata, donde se nota la verdadera carencia en lo propio? Pareciera que el presente, con su urgencia superficial, ha decidido que la historia es una carga, un estorbo que puede ser barrido por la indiferencia.
No podemos permitir que el Puente Chiquito se convierta en un epitafio a nuestra indolencia. Su rescate no es un gasto, es una inversión en la dignidad de nuestra historia. Que la historia no pase al olvido, porque el estado de este puente es la prueba de que el presente tan solo muestra su poco interés. Es hora de actuar, antes de que solo nos quede la fotografía del recuerdo y la vergüenza de haberlo perdido.


































































