El sentir que hoy se plasma en las redes sociales es un eco de nuestra realidad, una verdad que no solo no se puede, sino que no se debe olvidar. Compañeros y compañeras, la reflexión es profunda y necesaria: el caminar de nuestros procesos se orienta en las Asambleas comunitarias, los congresos zonales y regionales, que son el corazón de nuestra organización.
El símbolo de autoridad que portan nuestros comuneros y comuneras es una responsabilidad temporal encargada por la comunidad. Mañana, ese símbolo pasará a otros, y ese ciclo natural y saludable es la base de nuestro gobierno propio. Ser autoridad es un servicio, una vocación transitoria que tiene como misión recoger y dinamizar los acuerdos, sueños, y mandatos de la comunidad.
La Lucha de los Egos y la Herencia de lo Político Tradicional
Sin embargo, a medida que transcurren los días, meses y años, hemos sido testigos de una sombra que se cierne sobre algunos espacios: las luchas entre egos en la búsqueda de prebendas político-electorales. Es una práctica que podría ser una herencia de los partidos tradicionales, pero que hoy, en nuestros procesos, estamos obligados a superar. Este avance en la forma de designar la participación política es crucial para mantener viva la esencia de nuestra lucha.
Hoy, los mandatos orientan que lo político electoral debe entenderse como una construcción colectiva, un arte de tejer consensos y una estrategia vital para la defensa de nuestros territorios de los “proyectos de muerte.” Es la capacidad de dialogar con el exterior, pero siempre desde la fortaleza inquebrantable de nuestra unidad.
La Confianza, Cimiento de la Organización: Coherencia entre Discurso y Acción
Aquí radica el punto más sensible: la coherencia entre el discurso y la acción. La falta de ella, el desalineamiento entre lo que ordenan los mandatos de las asambleas y congresos y lo que se hace en la práctica, rompe la confianza. Y la confianza es el cimiento de nuestra organización.
Sin esta coherencia, nuestros espacios se vacían de significado, los comuneros se desaniman y los voceros terminan, inevitablemente, hablando solos. La queja, por sí sola, no basta frente a esta realidad. La respuesta está en afianzar el diálogo, la escucha a nuestros comuneros y comuneras, y en fortalecer la palabra comunitaria, tal como lo vienen realizando nuestras autoridades.
El Deber de la Rendición de Cuentas y la Purga Ética
Lo orientado por las asambleas y congresos no son meras sugerencias, son mandatos que deben ser caminados y dinamizados por todos y todas. La autoridad, la asamblea y los mayores y mayoras no solo tienen el derecho, sino el deber ineludible de pedir cuentas y llamar al orden.
Nuestra lucha es inherentemente colectiva. Su fin es construir una comunidad más sólida, más unida y más fuerte; esa es la esencia de nuestro ser colectivo. Como lo ratifica el congreso, nuestro proceso no puede ser un trampolín político.
La organización es un camino que se construye y se rehace caminando en colectivo. Y ese camino, hoy, nos está exigiendo una purga ética profunda, especialmente para aquellos que, habiendo ya caminado espacios políticos, insisten en repetirlos, priorizando el beneficio personal sobre el mandato comunitario. La historia de nuestro gobierno propio demanda lealtad a sus principios, no a las ambiciones individuales.


































































