La proximidad de *las listas electorales en el Cauca y Popayán* ha traído consigo una curiosa y predecible *“moda”*: la de la impecabilidad. De repente, los escenarios locales se han llenado de *ángeles de Dios*, seres *inmaculados, totalmente impolutos* que jamás han cometido un error. *Son puros en sus matrimonios, ejemplares con sus hijos, diligentes con sus vecinos y, por supuesto, transparentes hasta el último centavo en la contratación pública*.
En este Cauca de ficción, nadie tiene pecado. Todos son tan *cándidos, impolutos* que podrían llevar el paso central en *cualquier procesión de Semana Santa*, sostenidos por las manos de *unos vecinos que jurarían por su virtud*.
Pero la realidad, como siempre, es mucho más compleja y menos devota. *Todos sabemos que detrás de la fachada pulcra, cada persona, y más aún cada figura pública, guarda su propio expediente en el “closet”*. El ambiente se ha saturado de juicios, señalamientos y la peligrosa facilidad de mirar la paja en el ojo ajeno.
Es momento de recordar la vieja y sabia sentencia: *“Aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.”*
Lo que hoy se vuelve indefendible no es solo el pecado ajeno, sino la arrogancia con la que se juzga. *¿Cómo podemos señalar con tanta vehemencia cuando tenemos pasados tan oscuros?*
- Recordamos la falta ética de un comunicador *cuya vida pasada como conductor profesional fue ensombrecida por un trágico accidente de tránsito a causa del alcohol*, demostrando que la trayectoria profesional no borra las faltas personales graves.
- Vemos cómo los *lazos familiares, sobrinos, parientes, manejan jugosos planes de medios en instituciones públicas*, un fenómeno que se repite administración tras administración.
- Señalamos el maltrato hacia una pareja, como el que, se dice, escuchó un vecino como Juan Cristóbal,* mientras olvidamos nuestras propias faltas de respeto en la esfera íntima.
- Juzgamos a aquellos *cuyos hijos no pagan un servicio tan simple como un pollo pedido a domicilio*, pero ignoramos los graves problemas de convivencia, económicos o éticos que anidan en nuestros propios hogares.
*La hipocresía es el verdadero mal de estos días*. Es fácil señalar la mancha en el traje del otro, mientras el nuestro está lleno de *mugre acumulada*. La viga en el ojo propio, esa que preferimos ignorar, es a menudo más grande y más pesada que la paja que le reprochamos al vecino o al competidor político.
El refrán popular es claro y contundente: *“El que tenga rabo de paja, que no se arrime a la candela.”* Porque en este juego de señalamientos, *todos tienen algo que ocultar, y para bailar en la plaza pública, todos tienen su propia y conocida canción*. Antes de convertirse en jueces, es esencial ejercer como contadores de la propia historia. *Solo así podremos exigir una verdadera limpieza, una que empiece por la honestidad personal y no por la demolición del otro.*
La transparencia no es una máscara que se pone en tiempos electorales; *es un estilo de vida que se demuestra cada día*. En el Cauca, esa lección, por desgracia, *aún no ha pasado de moda*.
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