La muerte de un ídolo popular siempre deja un vacío ensordecedor, pero cuando la tragedia parece haber sido escrita de antemano por el propio protagonista, el luto se transforma en una mezcla de asombro y escalofrío. El supuesto fallecimiento de Yeison Jiménez en cielos boyacenses no es solo la pérdida de un referente del género; es el cierre de un círculo místico que él mismo trazó en sus conversaciones más íntimas.
La ironía del “Vuelo de la Gloria”
Resulta inquietante repasar sus palabras en el pódcast de Juan Pablo Raba. No es extraño que los artistas, expuestos a la velocidad de las giras y la precariedad de los transportes regionales, desarrollen temores al vuelo. Sin embargo, que Jiménez hablara de un sueño recurrente donde un avión era su tumba, dota a este evento de una narrativa casi literaria.
-
El destino vs. La precaución: A pesar de extremar revisiones y solicitar protocolos rigurosos, el azar —o el destino— terminó imponiéndose en un potrero de la vereda Romita.
-
La mística del retiro: Su deseo de retirarse a los 35 años para “cantarle a Dios” se lee hoy como un presentimiento de que su tiempo en los escenarios terrenales era limitado.
El precio de la ubicuidad
La tragedia en Paipa pone de relieve una realidad cruda: la exigencia inhumana de la industria musical colombiana. Para cumplir con el público de Marinilla después de cantar en Boyacá, los artistas se ven obligados a saltar de pueblo en pueblo en aeronaves pequeñas, desafiando geografías complejas y climas traicioneros.
La muerte de Jiménez y de sus cinco acompañantes no es solo un accidente técnico; es un recordatorio de que el éxito en la música popular se paga con kilómetros de alto riesgo. ### Un legado escrito en el aire Yeison Jiménez no solo cantaba al despecho; le cantaba a la superación. Desde los pasillos de Corabastos hasta los grandes estadios, su vida fue una lucha contra la estadística. Es una ironía dolorosa que, habiendo vencido a la pobreza y a la violencia, no pudiera vencer a ese “fantasma del aire” que lo visitaba en sueños.
Hoy, la música popular está en silencio. No solo porque se apagó una de sus voces más potentes, sino porque nos queda la incómoda sensación de que, a veces, los artistas saben cosas sobre su final que el resto de nosotros simplemente nos negamos a escuchar.


































































