En las bancas del Parque Caldas, donde el aroma a café se mezcla con el análisis mordaz de la política criolla, hoy el tema no es otro que el réquiem por una frecuencia. La noticia del cierre total de Radio Súper ha caído como un baldado de agua fría, no por inesperada, sino por la crudeza de su desenlace. Lo que por décadas fue la voz de los caucanos, hoy es un eco que se extingue entre pleitos, promesas rotas y una gestión que muchos tildan de “sepulturera”.
Es imposible hablar de este entierro mediático sin mencionar a Felipe Muñoz. El reconocido “chamuscado” de mil batallas electorales parece haber encontrado en la radio su derrota más definitiva, pero esta vez afectando el patrimonio inmaterial de toda una ciudad. En los corrillos se dice con vehemencia: el fin de la emisora no fue una muerte natural por el avance tecnológico, sino un cierre forzado por los manejos de quien, entre “cuenticos” de pagos y deudas, terminó por asfixiar el medio.
Entre el eslogan y la realidad
El eslogan que nos acompañó por años decía con orgullo: “Si lo dice Súper, póngale la firma”. Hoy, esa frase cobra un tinte irónico y doloroso. La firma que se puso en los contratos de administración o de compra parece haber sido la misma que sentenció el acta de defunción de la emisora. ¿Dónde quedó el compromiso con los propietarios originales? ¿Dónde quedó el respeto por la audiencia que sintonizaba la verdad local?
Lo que ocurre con Radio Súper es el reflejo de una tragedia mayor: cuando los medios de comunicación caen en manos de intereses particulares que los ven como fichas de ajedrez político y no como servicios públicos. Popayán pierde una plataforma de denuncia, de cultura y de identidad, todo bajo la sombra de una gestión cuestionada que prefirió el enredo jurídico antes que la excelencia periodística.
Un vacío en el dial
Nuestra “Ciudad Blanca” hoy se siente un poco más silenciosa. El cierre de esta casa radial deja un vacío que difícilmente llenarán las redes sociales o las emisoras matrices desde Bogotá. La radio local es la que conoce el bache de la esquina, la que saluda al vecino y la que pone a raya al mandatario de turno.
Al final, como dicen en el Parque Caldas, la historia no perdona. Y mientras el dial queda en estática, el nombre de Felipe Muñoz quedará ligado, no a una gran gestión, sino al triste recuerdo de haber apagado la voz que alguna vez fue el alma del Cauca. A eso, lamentablemente, también hay que ponerle la firma.


































































