El anuncio de Roy Barreras sobre la inscripción de la “Consulta Progresista” no es solo un trámite administrativo ante el CNE; es el disparo de salida para una izquierda que intenta demostrar que su proyecto de país no se agota con el mandato de Gustavo Petro. Bajo el eslogan del “Cambio 2.0”, el bloque oficialista se lanza al ruedo con una mezcla de pragmatismo y mística, pero con el desafío titánico de convencer a una ciudadanía que ya no vota por promesas, sino por ejecuciones.
La baraja de nombres confirmada, Roy Barreras, Iván Cepeda, Camilo Romero y Daniel Quintero, revela la anatomía de esta coalición. Tenemos al estratega de mil batallas (Barreras), al guardián de la coherencia ideológica (Cepeda), al alfil de las regiones (Romero) y al retador del “establecimiento” antioqueño (Quintero). Es un abanico diverso, sí, pero que corre el riesgo de verse como “más de lo mismo” si los debates se quedan en la retórica de la confrontación con el pasado.
Barreras, con su habitual agudeza, ha prometido que sus debates serán “mucho menos aburridos” , que los de la oposición. Sin embargo, el peligro del progresismo no es el aburrimiento, sino la fragmentación. La posible entrada de Juan Fernando Cristo es el termómetro real de esta consulta: ¿lograrán atraer al centro liberal o se convertirán en una “asamblea de convencidos” donde solo se habla para la tribuna propia?
El concepto de “Cambio 2.0”, sugiere una actualización del sistema, una corrección de errores de la versión actual. Pero para que Colombia compre esa actualización, los candidatos deberán ir más allá de los “argumentos y la candela”, que promete Barreras. El país reclama soluciones tangibles a la inseguridad y al costo de vida, temas que a menudo se pierden en el ruido de los debates presidenciales.
Si esta consulta logra tramitar sus diferencias con la madurez que Barreras pregona, el progresismo llegará fuerte a mayo. Si, por el contrario, los debates se convierten en un torneo de quién es “más petrista” que el otro, le estarán pavimentando el camino a una oposición que, aunque tildada de “pasado”, sabe capitalizar muy bien el desencanto del presente.
La fiesta empezó, como dice el candidato, pero falta ver si la música convence a los que todavía están afuera, mirando con escepticismo a través de la ventana.


































































