La verdadera política no se hace en los escritorios de la capital, sino en el polvo de las vías y en el cemento de las escuelas rurales. Recientemente, el seguimiento de obras en la zona 3 de San Miguel, en La Vega, nos ha recordado que el desarrollo del Cauca depende de una fórmula tan antigua como efectiva: presencia técnica, compromiso financiero y escucha comunitaria.
Un enfoque integral para el Macizo
El despliegue en San Miguel no es un hecho aislado. Al observar la tríada de salud, educación e infraestructura vial, se ataca la raíz de la pobreza multidimensional. Una placa huella no es solo ingeniería; es el camino por donde el caficultor saca su cosecha sin que se pierda en el barro, y es la ruta que permite que una ambulancia llegue a tiempo.
Más allá del cemento
Lo más destacado de este balance es la ratificación de proyectos productivos. El asistencialismo tiene fecha de caducidad, pero la inversión en la capacidad de producir de nuestra gente es lo que garantiza la soberanía económica del Macizo Colombiano. Sumar a esto un polideportivo es entender que el bienestar también pasa por la salud mental, el deporte y el tejido social de nuestros jóvenes.
El reto de la continuidad
Ratificar nuevas inversiones es una victoria, pero el verdadero desafío radica en la transparencia y la celeridad. El compromiso con el departamento del Cauca se valida cada vez que una comunidad ve terminada la obra que se le prometió.
San Miguel hoy es testigo de que, cuando los recursos se ejecutan con visión territorial, la esperanza deja de ser un discurso para convertirse en un hecho palpable. Seguiremos vigilantes y activos, porque el desarrollo del Cauca no espera.


































































