El panorama económico actual parece sacado de una sátira de mal gusto. Mientras el ciudadano de a pie intenta estirar el salario para cubrir la canasta básica, la propuesta de un nuevo impuesto al patrimonio se cierne sobre el sector productivo como una sentencia de muerte anunciada. Lo irónico —y peligroso— es que este golpe no va dirigido a “fantasmas” financieros, sino a las empresas que ponen la comida en la mesa: avícolas, cárnicas y almacenes de cadena.
El Efecto Dominó en el Bolsillo
No hay que ser un genio de las finanzas para entender la física básica de la economía: impuesto que sube al productor, precio que sube al consumidor. Si el 80% de la carga tributaria recae sobre las empresas, el margen de maniobra desaparece. Ese impuesto al patrimonio no se quedará en los libros contables de las grandes compañías; se verá reflejado, centavo a centavo, en el precio del huevo, la carne y el arroz. Es, en esencia, un impuesto indirecto al hambre de los colombianos.
¿Emergencia o Mala Gestión?
Se habla de una “emergencia económica” como si fuera un desastre natural imprevisible. Sin embargo, la verdadera crisis tiene nombres y apellidos. La gestión en los ministerios y los escándalos de corrupción en la Unidad de Gestión del Riesgo han dejado un hueco fiscal que ahora pretenden tapar con el esfuerzo ajeno. Es indignante ver cómo, mientras los responsables de los desfalcos huyen del país o evaden condenas, el Estado le pide “solidaridad” al empresario que madruga a producir.
El Grito de las Regiones
Los gobernadores tienen razón al plantar cara: “No más impuestos”. Con saldos de regalías aún sin ejecutar y una eficiencia administrativa cuestionable, aumentar la presión fiscal es admitir el fracaso en la administración de los recursos existentes. Ser empresario en este país se está convirtiendo en un acto de heroísmo, o peor aún, en una imposibilidad técnica.
“Estamos castigando al que genera empleo para premiar la ineficiencia de quienes malgastan el presupuesto.”
Conclusión
Si el Gobierno persiste en ver a las empresas como una fuente inagotable de recursos y no como el motor del desarrollo, terminará por apagar la máquina. La verdadera emergencia no se soluciona creando más impuestos, sino persiguiendo la corrupción que desangró las arcas y permitiendo que quienes saben producir, lo hagan sin el temor de que el Estado les arrebate el fruto de su trabajo.


































































