Lo ocurrido este miércoles en Cajibío no es solo un “hostigamiento” más en la larga lista de ataques que desangran al departamento del Cauca; es la confirmación de una metamorfosis táctica que el Estado colombiano parece no terminar de asimilar. El uso de drones cargados con explosivos contra una estación de policía en pleno casco urbano marca un punto de no retorno en la vulnerabilidad de la población civil.
El terror desde el aire
Ya no hablamos únicamente del fusil o de la granada lanzada desde una esquina. Hoy, los grupos disidentes —ya sea el frente Dagoberto Ramos o la Jaime Martínez, según las versiones que fluyen en la confusión del combate— han convertido una tecnología comercial y accesible en una herramienta de precisión para el caos.
El pánico que vivieron los habitantes de Cajibío, refugiados entre paredes de comercio y viviendas mientras escuchaban el zumbido de motores sobre sus cabezas, es un síntoma de una guerra asimétrica donde el control territorial ya no se mide solo por quién pisa el suelo, sino por quién domina el aire.
La población en el fuego cruzado
El saldo de un uniformado herido es lamentable, pero el daño colateral psicológico y social es incalculable. Cuando los explosivos caen cerca de las viviendas y las ráfagas de fusil se confunden con los gritos de peatones y motociclistas, el tejido social se rompe. La suspensión del comercio y la parálisis de la vida cotidiana en Cajibío es un triunfo para el actor armado, que logra demostrar que el Estado, a pesar de su presencia física, no puede garantizar la tranquilidad mínima.
Un desafío para la inteligencia
Es preocupante que, de manera paralela, aparezcan pancartas y posibles artefactos explosivos en zonas rurales de Popayán (como en la vereda Los Tendidos). Esto sugiere una capacidad de coordinación y distracción que obliga a las autoridades a dispersar sus recursos.
La pregunta es obligada: ¿Cuál es la estrategia de contramedidas tecnológicas frente a estos drones? Responder al aire con disparos de fusil, como hicieron los agentes en Cajibío, es una medida desesperada que, en una zona urbana densa, aumenta el riesgo para los civiles.
Conclusión
El Cauca no puede seguir siendo el laboratorio de guerra de las disidencias. La sofisticación de estos ataques exige una respuesta que vaya más allá del aumento de tropas; se requiere tecnología de inhibición de señales, inteligencia preventiva y, sobre todo, una voluntad política que entienda que la seguridad en municipios como Cajibío y Morales no es un asunto de estadística, sino de supervivencia básica.


































































