El calendario litúrgico nos sitúa hoy, 18 de febrero de 2026, frente a una de las paradojas más visuales del cristianismo: el Miércoles de Ceniza. Mientras el mundo corre tras la novedad y la permanencia, millones de personas se detendrán para que un poco de residuo quemado —palmas secas del año anterior— sea dibujado en sus frentes.
A primera vista, el gesto parece sombrío. Las frases “Recuerda que eres polvo” o “Conviértete y cree en el Evangelio” no son precisamente eslóganes de optimismo superficial. Sin embargo, en esta primera Cuaresma bajo el pontificado del Papa León XIV, la tradición cobra un vigor renovado. No se trata de un fetiche religioso ni de una obligación (pues no es día de precepto), sino de un ejercicio de honestidad brutal.
La humildad como punto de partida
El uso de la ceniza, como bien señala el Directorio sobre la piedad popular, es un reconocimiento de nuestra fragilidad. En una era de filtros de Instagram y búsqueda de la perfección externa, admitir que somos “polvo” es un acto de rebeldía. Es bajar la guardia ante Dios y decir: “No puedo solo”.
Es fascinante que este rito esté abierto incluso a los no católicos. Esto subraya que la necesidad de renovación y la conciencia de la propia finitud son sentimientos universales. La ceniza no confiere una gracia mágica, pero sí dispone el corazón. Es un “reinicio” espiritual que nos prepara para los 40 días de desierto que preceden a la Pascua.
El ayuno: Un vacío que llena
Hoy también es día de ayuno y abstinencia. En una sociedad de consumo inmediato, elegir el hambre voluntaria o privarse de la carne parece un anacronismo. No obstante, el ayuno tiene un propósito pedagógico: recordarnos que el ser humano no vive solo de pan. Al vaciar el estómago, se busca crear espacio para lo que realmente importa.
La penitencia no debe ser confundida con el masoquismo. Como explicó Benedicto XVI, se trata de hacer morir al “hombre viejo” para que nazca uno nuevo, transformado por la caridad. Si el ayuno de hoy no termina en un acto de amor mañana, se queda en una simple dieta religiosa.
Un camino de 40 días
La procesión que encabeza el Papa desde San Anselmo hasta Santa Sabina es el mapa de lo que nos espera. Es un camino de subida, de esfuerzo y de reflexión. El Miércoles de Ceniza no es la meta, es la puerta de entrada.
Si hoy decides recibir la ceniza, no lo hagas por costumbre. Hazlo como un compromiso de autenticidad. Que esa mancha gris en la frente sea la señal externa de un cambio interno que apenas comienza. Al final del día, lo importante no es que somos polvo, sino que somos polvo en las manos de un Creador que sabe transformar las cenizas en vida nueva.


































































