El panorama político colombiano *actual parece un tablero de ajedrez donde las piezas se mueven más por herencia y estrategia táctica que por una conexión real con el suelo que pisan. Mientras los “corrillos” y las encuestas disparan la figura de Paloma Valencia*, en la otra orilla surge la candidatura a la vicepresidencia de la senadora *Aída Quilcué*. No es un movimiento menor; es una apuesta táctica por sumar dos millones de voces étnicas que, históricamente, han sido el motor invisible de este país.
Sin embargo, en este escenario surge una pregunta incómoda pero necesaria: *¿Por qué seguimos midiendo el valor de un ser humano por un capricho sanguíneo?* Se intenta desmeritar lo propio apelando a linajes, cuando los verdaderos herederos de esta tierra sagrada no nacieron del mestizaje de salón, *sino de la sangre derramada en las luchas indígenas y afrodescendientes*.
Es paradójico que en *pleno siglo XXI se use la academia como un arma de exclusión. Se nos olvida que el aprendizaje de los años y la sabiduría de “nuestros viejos”*, esos verdaderos maestros de la educación, valen tanto o más que cualquier cartón universitario. *Para que un docente pueda guiar un proyecto de vida, primero debió aprender de las caídas y levantadas que solo la experiencia otorga.*
La realidad del *Cauca* es el reflejo de esta desconexión. *Resulta doloroso ver cómo la arrogancia política impidió que un caucano representara dignamente al Centro Democrático en los primeros renglones de la lista*. Parece que para ciertos sectores de la élite, sus propios paisanos *“olemos feo”*. El Cauca se ha convertido en un trofeo de guerra: *la izquierda pisa duro y la derecha se desmorona entre sus propios egos, mientras los municipios siguen siendo bombardeados ante el silencio cómplice de quienes deberían actuar*.
En medio de este ruido, surge una figura que, desde la costa, parece entender una mística que muchos bogotanos olvidan. *Abelardo de la Espriella*, con su mezcla de sabor, arrogancia y una nobleza que resuena con el espíritu afro e indígena, habla de una patria unida. *No es momento de distracciones ni de peleas superficiales entre figuras femeninas del establecimiento*.
La verdadera lucha de la primera vuelta no debe ser un concurso de apellidos, sino una batalla frontal contra la *inseguridad, la violencia y la falta de oportunidades*. Colombia es una sola familia, y mientras los líderes de escritorio siguen callados, *el pueblo espera a alguien que no solo ostente el poder, sino que tenga la grandeza de reconocer que la verdadera soberanía reside en quienes han defendido esta tierra con el cuero y el alma*.
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