La política municipal en Colombia a veces parece una tragicomedia mal ensayada, pero lo ocurrido en Ciénaga, Magdalena, ha cruzado la frontera del ridículo para entrar en el terreno de la desfachatez institucional. Mientras la Institución Educativa San Juan del Córdoba se cae a pedazos o mejor dicho, se hunde entre el guano de una invasión de palomas que ya parece un postgrado en ocupación ilegal, el alcalde Luis Fernández Quinto decidió que su pantalla táctil era más interesante que el clamor de su comunidad.
Es irónico, por no decir insultante. Los estudiantes, profesores y padres de familia no llegaron a la Alcaldía a pedir un favor; llegaron a exigir el cumplimiento de un derecho básico: una infraestructura digna y sin riesgos sanitarios. Pero allí estaba el mandatario, en plena mesa de diálogo, validando ese vicio moderno de ignorar al que tiene enfrente para atender al que está en el chat.
Tuvo que ser una estudiante —con esa claridad mental que da la indignación juvenil y que a muchos adultos les falta por exceso de “protocolo”— quien le pusiera los puntos sobre las íes. “Es una falta de respeto… y usted pegado en el teléfono”, le soltó sin anestesia. En ese preciso instante, la jerarquía se invirtió: la alumna se convirtió en la maestra de ética y el alcalde en el niño regañado por no prestar atención en clase.
El problema de fondo no es solo el celular. El aparato es apenas el síntoma de una enfermedad mayor en nuestra clase política: la desconexión absoluta. El gobernante que no es capaz de sostenerle la mirada a un ciudadano que expone una crisis de salud pública en su colegio, es un gobernante que ya ha dimitido mentalmente de sus funciones.
¿Qué mensaje envía un mandatario que “chatea” mientras le hablan de techos invadidos por heces de aves y riesgos biológicos? El mensaje es claro: “Su problema me importa lo que tarde en cargar mi próxima notificación”.
Si el alcalde Fernández Quinto buscaba que la reunión fuera recordada por sus soluciones técnicas o compromisos presupuestales, falló estrepitosamente. La moraleja de esta jornada no quedó consignada en un acta oficial, sino en la retina de quienes vieron a una joven recordarle al poder que la política, antes que contratos y fotos para redes sociales, es escuchar.
Ojalá que, tras el “vaciado” monumental de la estudiante, el alcalde haya aprendido la lección de preescolar que le dieron en público: cuando el pueblo habla, el celular se guarda. Porque las palomas podrán seguir en el techo, pero la paciencia de la gente, claramente, ya voló.


































































