El Cauca es un departamento de contrastes dolorosos, donde la esperanza de un acueducto , el derecho humano más básico al agua potable, puede transformarse, en un segundo de estruendo, en una tragedia familiar y social. Lo ocurrido en el corregimiento de Los Uvos, en La Vega, no es solo un titular judicial más; es el síntoma de una enfermedad profunda que se niega a abandonar el Macizo Colombiano.
La explosión de una mina antipersonal que hirió a tres personas, entre ellas a Jesús Enrique Guzmán, inspector de policía y tío del gobernador Octavio Guzmán, pone de manifiesto una realidad que muchas veces se ignora desde las capitales: en la ruralidad caucana, caminar el territorio para construir desarrollo es una actividad de alto riesgo.
El Azar de la Guerra
Lo más alarmante de este suceso es el contexto. Las víctimas no eran combatientes; eran ciudadanos verificando las condiciones de un acueducto veredal. El uso de minas antipersonal es, por definición, una violación flagrante al Derecho Internacional Humanitario. Son armas silenciosas, ciegas y persistentes que no distinguen entre un actor armado y un campesino que busca mejorar el suministro de agua para su comunidad.
“Nuestro departamento ha sido profundamente marcado por las consecuencias de décadas de conflicto armado”, expresó el gobernador Guzmán. Sus palabras no son solo una postura política, sino el eco de una vivencia personal que hoy toca a su propia puerta.
La Paradoja del Desarrollo
Es irónico y cruel que un proyecto destinado a llevar vida (agua potable) termine casi cobrándose tres. Este incidente deja varias reflexiones urgentes:
El confinamiento invisible: Más allá de las heridas físicas, estos hechos siembran el terror. ¿Cómo se atreverá la comunidad a seguir con las obras del acueducto si el suelo que pisan es una trampa mortal?
La desprotección de los líderes: El hecho de que un inspector de policía y líderes locales resulten afectados demuestra que la institucionalidad en las zonas apartadas está bajo fuego cruzado.
La deuda del desminado: El Cauca necesita, con una urgencia que no admite esperas burocráticas, una intervención integral de desminado humanitario. No se puede hablar de “paz total” ni de desarrollo regional mientras el caminar sea una ruleta rusa.
Un Dolor Colectivo
La solidaridad expresada por el mandatario departamental refleja el sentir de miles de familias caucanas que, de generación en generación, han aprendido a convivir con el miedo. Sin embargo, la resiliencia tiene un límite. No basta con lamentar y rechazar cada hecho criminal; se requiere una presencia del Estado que no solo llegue con uniformes, sino con la seguridad técnica de que sus campos son transitables.
Hoy el dolor es de la familia Guzmán y de los habitantes de Los Uvos y El Palmar. Mañana, si no se detiene la siembra de estos artefactos del horror, el luto seguirá rotando por cada municipio del Cauca. La seguridad humana empieza por la certeza de que el suelo que pisamos no nos va a arrebatar la vida.


































































