Históricamente, la Vicepresidencia en Colombia ha oscilado entre el decorado institucional y la plataforma de ejecución. Sin embargo, de cara a las próximas elecciones, la elección de la “fórmula” ha dejado de ser un compromiso burocrático para convertirse en una declaración de guerra o un tratado de paz. El país no solo elegirá a quien porte la banda presidencial, sino a quien tendrá la llave de la sucesión en un entorno de incertidumbre física y mental.
El rigor frente al activismo
La llegada de José Manuel Restrepo a la campaña de Abelardo De la Espriella es, quizás, el movimiento más técnico y estratégico de la contienda. En un binomio donde el candidato presidencial desborda histrionismo y carácter, la figura de Restrepo —economista con doctorado en Bath y exministro de Hacienda— actúa como el ancla de seriedad que los mercados y los sectores moderados exigen. Restrepo no es solo un acompañante; es un “seguro de Estado”. Representa la preparación académica frente a la improvisación.
En las antípodas de esta eficiencia técnica se sitúa el recuerdo de Francia Márquez. Su paso por la Vicepresidencia y el Ministerio de la Igualdad quedará marcado por una ejecución presupuestal lánguida y un enfoque más centrado en la retórica del “vivir sabroso” que en la transformación administrativa. Márquez es el espejo en el que hoy se miran los críticos de Aida Quilcué.
¿Radicalización o Apertura?
La decisión de Iván Cepeda de nombrar a Quilcué es, cuanto menos, arriesgada. Al elegir a una líder indígena caucana, Cepeda parece haber renunciado a conquistar el centro político para atrincherarse en el “petrismo puro”. El problema no es su origen, sino la idoneidad: ¿está Quilcué preparada para manejar las complejidades macroeconómicas o de orden público de una nación en crisis si llegase a faltar el presidente? La respuesta corta es que carece de la experiencia administrativa que el cargo demanda. Cepeda ha preferido el símbolo sobre la gestión, un error que podría costarle caro en una segunda vuelta donde los votos se ganan convenciendo a los escépticos, no hablándole a los convencidos.
Por otro lado, Paloma Valencia ha dado una lección de pragmatismo con Juan Daniel Oviedo. Al integrar a un técnico liberal, exdirector del DANE y abiertamente homosexual, Valencia rompe el techo de cristal del uribismo tradicional. Es una jugada maestra de “acuerdo sobre lo fundamental” que busca capturar ese voto urbano y joven que ve con recelo a la derecha pura. Oviedo aporta los números y la modernidad; Valencia, la estructura y el carácter.
La salud: El factor invisible
No es un tema menor. Indagar sobre la salud de los candidatos es una obligación ciudadana. Elegir un presidente es elegir también a su sucesor inmediato. Mientras que fórmulas como la de Valencia/Oviedo o De la Espriella/Restrepo ofrecen nombres con trayectorias comprobadas en el manejo de lo público, la apuesta de Cepeda deja un vacío de gobernabilidad preocupante ante una eventual ausencia del mandatario.
El 31 de mayo, los colombianos no solo votaremos por un nombre en el tarjetón, sino por la solidez del equipo que lo acompaña. La diferencia entre el éxito de un Vargas Lleras en la infraestructura y el ostracismo de una Francia Márquez radica en la preparación. Colombia ya no está para experimentos de aprendizaje en el poder; necesita, como dirían en el Caribe, “leña gruesa”.


































































