La carrera por la Casa de Nariño en 2026 se perfila como un tablero saturado, pero entre los 14 nombres que ya calientan motores, el de Luis Gilberto Murillo resuena con un peso simbólico y técnico que es difícil de ignorar. No es solo un candidato más; es la encarnación de una narrativa que Colombia ha postergado por décadas: la de la periferia reclamando el centro.
De la exclusión a la gestión
El perfil de Murillo rompe el molde del político tradicional de las élites capitalinas. Su historia es una síntesis de la tragedia y la resiliencia colombiana: un ingeniero de minas chocoano que pasó de la gobernación al secuestro y al exilio, para luego retornar y convertirse en el primer afrocolombiano en la cartera de Ambiente. Su gestión bajo el gobierno de Santos no fue meramente ornamental. La ratificación del Acuerdo de París y la expansión de áreas protegidas le otorgan una credencial que pocos candidatos tienen en tiempos de crisis climática: resultados tangibles. Murillo sabe que para hablar de medio ambiente en Colombia, primero hay que hablar de justicia social en las regiones.
El fantasma del 2022 y la nueva apuesta
Sin embargo, el camino no está libre de baches. El estigma del “fracaso” de la Coalición de la Esperanza en 2022, donde fue fórmula de Sergio Fajardo, sigue fresco. En aquel entonces, el centro político se diluyó en peleas internas y una falta de conexión con el electorado que buscaba cambios radicales o seguridad férrea.
¿Qué hace diferente esta vez?
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Identidad propia: Ya no es la “fórmula de”; ahora busca el protagonismo directo.
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Enfoque pragmático: Su alianza con Luz María Zapata apunta a una tríada necesaria: Estado, empresa y región.
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Experiencia internacional: Su paso por Washington y organismos multilaterales le da un barniz de estadista que genera confianza en los mercados, algo que el actual gobierno ha tenido dificultades para consolidar.
El reto de la “promesa” vs. la “ejecución”
El eslogan de Murillo es audaz: “Eso no es promesa. Es el trabajo que ya conocemos”. Es un dardo directo a la política de discursos encendidos que suele quedarse en el papel. Murillo apuesta por el post-petrismo desde una óptica de desarrollo regional, intentando demostrar que se puede ser progresista sin ser incendiario, y técnico sin ser frío.
La gran pregunta es si Colombia está lista para elegir a un presidente que venga del Chocó, no por una cuestión de cuotas, sino por una verdadera convicción de que el país se debe gobernar desde sus bordes hacia adentro. Murillo tiene la hoja de vida; ahora le falta demostrar si tiene el carisma para movilizar a una masa que, tras años de polarización, se siente fatigada de los nombres de siempre.


































































