En el centro del debate público colombiano ha vuelto a emerger una fractura que no es nueva, pero que duele como si lo fuera: el uso del estigma y el odio como herramientas de comunicación política. Ante esto, la senadora Aida Quilcué y el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) han lanzado un desafío que no es de confrontación, sino de invitación. Un llamado a abandonar la comodidad del escritorio y la frialdad de las redes sociales para mirar de frente la realidad de los territorios.
El territorio no es una cifra
Para quienes ven el conflicto desde la barrera de las ciudades, es fácil reducir la lucha indígena a una estadística o a una molestia en la movilidad. Sin embargo, la dignidad no se entiende por televisión. Como bien señala la “mayora” Aida, para hablar con verdad y responsabilidad, hay que sentir el rigor de la montaña y el peso de la resistencia.
“Solo desde allí, desde la vida misma de nuestra gente, se puede hablar con verdad”.
Esta frase no es solo un eslogan; es una exigencia de rigor ético. Los discursos de odio florecen en la ignorancia y en la desconexión. Es fácil deshumanizar a un “otro” cuando no se ha compartido el café en la tulpa o cuando no se ha sentido el silencio ensordecedor que deja la violencia en una vereda apartada.
La resistencia como acto de amor
El respaldo del CRIC a esta postura subraya una realidad innegable: los pueblos indígenas han sido los guardianes históricos de la vida en medio de la guerra. Su resistencia no es un ataque a la institucionalidad, sino un recordatorio de que la paz sin justicia territorial es solo una tregua frágil.
Invitar al detractor a “caminar los pueblos” es un acto de generosidad política. Es decirle al adversario: “Ven y conoce el dolor que intentas ignorar con tus palabras”. Es una apuesta por la pedagogía del territorio frente a la retórica de la división.
Conclusión: La responsabilidad de la palabra
Colombia no puede permitirse seguir sembrando odio en una tierra que ya ha recibido demasiada sangre. La invitación de la senadora Quilcué es, en el fondo, un llamado a la madurez democrática. Hablar con responsabilidad implica reconocer que detrás de cada guardia indígena, de cada comunero y de cada líder, hay una historia de supervivencia que merece respeto, no estigmatización.
Es hora de que los discursos dejen de ser muros y se conviertan en puentes. Pero esos puentes solo se construyen si estamos dispuestos a ensuciarnos los zapatos y a mirar, de una vez por todas, la realidad a los ojos.


































































