La reciente cabalgata realizada en el sector de la Loma de la Virgen no fue solo un evento ecuestre deslucido y de baja asistencia; fue, ante todo, un espectáculo de anarquía que deja un sinsabor profundo sobre el estado de la autoridad en nuestra ciudad. Lo ocurrido el pasado sábado 21 de marzo es el síntoma de una enfermedad institucional grave: la percepción de que en Popayán cualquier particular puede pasar por encima de la norma invocando nombres de funcionarios al aire, sin que pase absolutamente nada.
Es alarmante que, frente a la presencia de la Policía Nacional, los organizadores se hayan limitado a lanzar nombres de secretarios y dependencias como un “salvoconducto verbal” para evadir la ley. Más grave aún es que, ante la ausencia de un documento físico y oficial, la autoridad en el sitio no hubiera procedido con la contundencia que el Código Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana exige. ¿Desde cuándo un permiso administrativo se otorga de palabra? ¿Desde cuándo el principio de autoridad se supedita a la verificación de un “me dijeron”?
El silencio que otorga y el comunicado que llega tarde
El comunicado emitido por la Secretaría de Gobierno, liderada por Juan Camilo Sanjuan, es necesario pero se siente como un remedio tardío para una herida que ya sangró. Si bien el despacho ha sido enfático en que no se otorgó ningún aval y que se ha usado el nombre del secretario de manera irresponsable, queda en el aire una pregunta incómoda: si el evento estaba prohibido y no tenía permisos, ¿por qué se permitió su desarrollo hasta el final?
La falta de control administrativo y la aparente desconexión entre la Alcaldía y la fuerza pública en el territorio son evidentes. No basta con rechazar “categóricamente” los hechos en un papel; la ciudadanía espera que la institucionalidad se haga sentir en el momento en que se vulnera el orden, no 48 horas después en un PDF compartido por redes sociales.
Bienestar animal y respeto a la norma
Más allá del desorden administrativo, este episodio revive el eterno debate sobre el bienestar animal. Popayán ha intentado avanzar hacia una cultura de respeto, pero este tipo de actividades clandestinas tiran por la borda los esfuerzos ciudadanos. Realizar un evento de esta naturaleza “en contravía de las disposiciones vigentes” es un desafío directo a la convivencia.
En conclusión, lo sucedido en la Loma de la Virgen no puede quedar como una anécdota de fin de semana. Si el nombre de un funcionario fue usado para engañar a la Policía, estamos ante un posible fraude. Si la Policía no actuó por falta de claridad, estamos ante una falla de procedimiento. Y si los ciudadanos sienten que pueden cerrar calles y montar caballos sin permiso, estamos, sencillamente, ante una ciudad sin Dios ni ley.
Popayán no necesita más comunicados de “profunda preocupación”; necesita autoridad que se ejerza en tiempo real y sanciones ejemplares que demuestren que el orden institucional no es una sugerencia, sino un mandato.


































































