El retrovisor del comercio bilateral entre Colombia y Venezuela muestra un paisaje desolador: una caída del 97% en las exportaciones en poco más de una década. Pasar de 6.000 millones de dólares en 2008 a la irrelevancia de 196 millones en 2021 no fue solo un bache económico; fue el desmantelamiento de una simbiosis histórica. Sin embargo, hoy asistimos a un retorno que, aunque se siente como “volver a casa”, se ejecuta con la cautela de quien camina sobre cristales rotos.
El renacimiento del intercambio, que ya supera los 1.000 millones de dólares, no es producto del azar ni de una nostalgia romántica. Es el resultado de un pragmatismo frío. El empresariado colombiano ha entendido que Venezuela ya no es la potencia petrolera que compraba maquinaria pesada, sino una “tienda de barrio” —como bien describe un líder gremial— que necesita desesperadamente lo básico: comida, aseo y plástico.
La nueva arquitectura del riesgo
Lo más fascinante de este regreso no es qué se vende, sino cómo se cobra. La experiencia de empresas como Automex revela que el desafío ya no es cruzar la frontera física, sino sortear la frontera financiera. En un entorno de bancarización limitada y sanciones internacionales, la creatividad financiera se ha vuelto tan vital como la calidad del producto. Triangulaciones, cuentas en el exterior y una estructura de pagos “quirúrgica” son hoy los requisitos mínimos para entrar al juego.
Entre el optimismo y la realidad
La salida de Nicolás Maduro a inicios de 2026 ha inyectado una dosis de adrenalina a las expectativas. Hay un aroma a apertura que no se respiraba en lustros. No obstante, las empresas más inteligentes —como la multinacional de alimentos mencionada en las crónicas recientes— están aplicando la estrategia de “sembrar sin enterrarse”. Producen en Colombia y exportan, aprovechando la capacidad instalada aquí para evitar el riesgo de activos fijos allá. Es una apuesta por la demanda, no por la infraestructura.
Es cierto que el Acuerdo de Promoción y Protección Recíproca de Inversiones ofrece un paraguas legal contra expropiaciones y maltratos institucionales, pero la confianza es un músculo que se atrofió por años y no se recupera con una firma en un papel. La desaceleración vista a finales de 2025 nos recuerda que Venezuela sigue siendo un paciente en cuidados intermedios: la inflación y la volatilidad cambiaria son fiebres que pueden volver en cualquier momento.
El veredicto: Paciencia estratégica
El 2026 se perfila como el año de la transición definitiva. Las empresas colombianas están haciendo lo correcto: abonar el terreno y posicionar la marca. En el comercio internacional, como en la vida, el que llega primero no siempre gana, pero el que llega preparado suele quedarse.
Venezuela vuelve a estar en el radar, pero ya no como una bonanza fácil, sino como un mercado de alta especialidad que exige inteligencia, asesoría y, sobre todo, una gestión del riesgo que no deje espacio a la improvisación. El camino está abierto, pero la velocidad la marcará la prudencia, no la euforia.


































































