La política es, por definición, el arte de lo posible; un escenario donde los enemigos de ayer suelen ser los aliados de mañana bajo la premisa del “bien mayor” o, más frecuentemente, de la supervivencia burocrática. Sin embargo, las recientes declaraciones de Roy Barreras frente a los rumores de un acercamiento con la fórmula de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo han trazado una línea roja que no parece ser de tiza, sino de sangre y memoria.
La memoria como frontera infranqueable
Al sentenciar que para un apoyo suyo “tendrían que resucitar a los 6.402 inocentes asesinados”, Barreras no solo está rechazando una alianza electoral; está apelando a la fibra más sensible y dolorosa de la historia reciente de Colombia: los falsos positivos.
En un país con memoria de corto plazo, el candidato ha decidido anclar su postura en un número que se ha convertido en el símbolo ético de la oposición al uribismo. Al mencionar al “dueño del Ubérrimo”, Roy no solo señala a Álvaro Uribe Vélez, sino que etiqueta a Valencia y Oviedo como extensiones de un modelo que, a sus ojos, es incompatible con la defensa de las víctimas y la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).
El “Falso Centro” y la crisis de identidad
Es interesante observar cómo el lenguaje de Barreras busca desmantelar la narrativa de “centro” que algunos sectores intentan proyectar. Para Roy, no hay matices:
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La fórmula Valencia-Oviedo: Es calificada como una “pareja uribista” disfrazada.
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El electorado: Barreras le habla directamente a sus más de 800.000 seguidores, recordándoles que su capital político se construyó sobre la base del Acuerdo de Paz.
“No se puede saltar del barco de la paz para caer en los brazos de quienes, históricamente, han intentado desmantelar sus instituciones.”
¿Coherencia o estrategia?
Si bien muchos pueden ver en esto una coherencia ideológica necesaria, otros lo leerán como un movimiento estratégico para disipar los rumores de su ruptura con el petrismo. Al radicalizar su postura contra el uribismo, Barreras cierra cualquier puerta trasera y reafirma su posición en el ala defensora del proceso de paz, un lugar donde se siente cómodo y donde su discurso fluye con mayor naturalidad.
En conclusión, la respuesta de Roy Barreras es un recordatorio de que en Colombia la paz no es solo un objetivo administrativo, sino una herida abierta. Mientras el fantasma de los 6.402 siga presente en el debate público, las alianzas entre los arquitectos de la paz y los herederos del Ubérrimo seguirán siendo, más que una imposibilidad política, una imposibilidad moral.


































































