En el complejo tablero de ajedrez que es el departamento del Cauca, donde la ausencia del Estado suele ser la regla y no la excepción, la Guardia Indígena ha vuelto a demostrar que el control territorial no es un concepto retórico, sino una práctica de vida o muerte. Lo ocurrido el pasado 6 de abril en el municipio de Páez, Belalcázar, no es solo la crónica de un rescate exitoso; es un recordatorio contundente de quién ejerce la autoridad moral y civil en las zonas rurales de Colombia.
El secuestro de dos trabajadores de la empresa Colgas y el robo de un camión cargado con 200 cilindros de Gas Licuado de Petróleo (GLP) pudo haber terminado en tragedia. No hablamos solo de una privación ilegal de la libertad, sino de una bomba de tiempo sobre ruedas. El GLP, por su naturaleza volátil, requiere un manejo experto; en manos de un grupo armado ilegal, ese vehículo se convierte en un riesgo ambiental y humano de proporciones incalculables.
La Respuesta de la Comunidad
Mientras los actores armados intentan imponer el miedo como moneda de cambio, la Guardia Indígena respondió con lo que mejor sabe hacer: organización y armonía. Al activar los protocolos de control territorial en el sector de Ricaurte, los comuneros enviaron un mensaje que los fusiles no han podido acallar:
- El territorio no es tierra de nadie: Pertenece a quienes lo habitan y lo protegen.
- Autonomía real: La capacidad de reacción inmediata de las autoridades ancestrales superó, una vez más, la velocidad de respuesta de la institucionalidad tradicional.
- Neutralidad activa: La comunidad deja claro que no permite la presencia de ningún actor armado, sea cual sea su bandera, porque su presencia altera la paz del entorno.
Un Riesgo que Trasciende lo Político
Es imperativo subrayar la advertencia de Colgas. El manejo de sustancias peligrosas en contextos de conflicto añade una capa de vulnerabilidad extrema a la población civil. Que la Guardia haya logrado recuperar el automotor y ponerlo en manos de expertos antes de un accidente fatal es un acto de heroísmo logístico.
“Acá las comunidades son las que están defendiendo sus territorios”, afirmaron los líderes tras el operativo. Y tienen razón.
Conclusión
Este episodio debe obligar al país a reflexionar sobre la importancia de las guardias étnicas. En un momento donde la seguridad pública parece naufragar en diagnósticos de escritorio, el modelo de Páez ofrece una salida: la vigilancia comunitaria y la resistencia pacífica.
La liberación de los trabajadores y la recuperación del GLP es un triunfo de la vida sobre la violencia. Sin embargo, no deja de ser preocupante que sean los civiles, armados únicamente con sus bastones de mando, quienes deban enfrentar directamente a grupos criminales para garantizar que el gas llegue a los hogares y que los trabajadores regresen sanos y salvos a los suyos. El Cauca resiste, pero ¿hasta cuándo deberá hacerlo solo?


































































