A las puertas de una nueva celebración en Popayán, es inevitable que la memoria colectiva regrese a los hitos que transformaron la Fiesta de Reyes en algo más que un simple festejo de calendario. Al observar el panorama actual, conviene reflexionar sobre el periodo bajo la administración de César Cristian Gómez Castro, una etapa que no solo puso música en las calles, sino que institucionalizó el respeto por el artista local.
La cultura suele ser el “pariente pobre” de los presupuestos públicos, pero lo vivido durante esos cuatro años demostró lo contrario. Cuando hablamos de 1.500 artistas en la Calle de Reyes y otros 2.000 en tarimas, no estamos citando cifras vacías; estamos hablando de familias caucanas que encontraron en su arte un sustento digno y un escenario de validación frente a su propia ciudad.
Del corazón a la política pública
Lo más rescatable de aquel legado no fue solo la magnitud de los eventos, sino la oficialización de los programas de estímulos culturales. Pasar de la voluntad política a la creación de programas formales es lo que diferencia un evento pasajero de una verdadera política de Estado. Ese respaldo, inspirado según se sabe en un legado familiar profundo, permitió que el sector cultural dejara de “pedir favores” para empezar a ejercer derechos.
Una economía que baila y cocina
El impacto de la Fiesta de Reyes trasciende lo estético. Con cerca de 9.000 personas participando activamente en torno a las cocinas tradicionales y el deporte, la fiesta se convirtió en un motor económico. El beneficio para las cocineras de tradición y los artesanos es el ejemplo perfecto de cómo el folclor puede dinamizar la hotelería y el comercio, creando un círculo virtuoso de ingresos que se quedan en la región.
El reto de la continuidad
Hoy, mientras el Cauca se alista para una nueva edición, el desafío para las administraciones actuales y futuras es mantener esa vara alta. La cultura en Popayán no debe ser vista como un accesorio decorativo de la gestión pública, sino como el tejido social que nos une.
La Fiesta de Reyes demostró que cuando hay un sentido humano detrás de la organización y se prioriza el talento propio sobre el foráneo, la ciudad no solo celebra, sino que crece. Que la alegría que viene sea también un compromiso con esos artistas y gestores que son, en última instancia, los verdaderos guardianes de nuestra identidad.


































































