En Popayán, el mes de septiembre trae consigo una de las postales más bellas y efímeras de la naturaleza: *la floración de los guayacanes rosados. Es un espectáculo que tiñe las calles, los parques y los rincones de la ciudad con un color vibrante que contrasta con el blanco de la arquitectura colonial.* Para muchos, este evento no es solo un fenómeno natural, sino una conexión con la memoria, un ancla emocional que evoca recuerdos de juventud y felicidad.
*Así lo siente Santiago, quien desde la distancia de la universidad recuerda con nostalgia el espectáculo que cada año se desplegaba en su colegio*. La magia de las flores caídas, formando una alfombra rosada en los senderos de la institución, se ha quedado grabada en su corazón. Es la imagen de un tiempo pasado, de risas compartidas y de una vida que comenzaba a florecer. Los guayacanes no eran solo árboles; eran el telón de fondo de su adolescencia, un símbolo de alegría y un recordatorio constante de la belleza que se encuentra en los lugares más cotidianos.
*El Parque Caldas y otros rincones de la ciudad, donde estos árboles florecen con fuerza en agosto y septiembre*, se convierten en puntos de encuentro para la contemplación. La gente se detiene, toma fotos y simplemente se deja llevar por la belleza del momento.
*La historia de Santiago resalta una verdad universal: la naturaleza tiene el poder de anclarse en nuestros recuerdos y convertirse en parte de nuestra identidad*. La vista de los guayacanes en flor no es solo un evento estacional en Popayán; es una experiencia que une a las generaciones, que conecta el pasado con el presente y que nos enseña a apreciar la belleza fugaz de la vida. *Es un recordatorio de que, incluso lejos de casa, los recuerdos más simples y hermosos pueden ser una fuente inagotable de felicidad.*


































































