El anuncio de que el país ha caído en descertificación y “perdido mucho” es un golpe duro que nos remonta a una época que creíamos superada. *Desde 1996, no habíamos enfrentado una situación similar*, lo que plantea una pregunta urgente y necesaria: *¿qué falló en el “cambio” que se prometió?*
*La paradoja del progreso*
Durante décadas, *trabajamos arduamente para cumplir con los estándares internacionales y ganar la confianza de nuestros socios comerciales y diplomáticos.*
La certificación, más que un simple sello, *era el reflejo de un compromiso con la transparencia, la legalidad y la lucha contra flagelos como el narcotráfico*. Representaba un avance significativo en nuestra imagen global y una puerta abierta a la cooperación y la inversión.
Caer en descertificación no es solo un revés simbólico. Tiene *consecuencias directas y tangibles* en la economía, las relaciones exteriores y, lo más importante, en el bienestar de la gente. Las oportunidades de negocio, los programas de ayuda y la cooperación en materia de seguridad pueden verse seriamente afectados, –frenando el desarrollo y el progreso que tanto nos ha costado construir*.
*El “cambio” que no llegó*
*El Gobierno del “cambio” se presentó con la promesa de una nueva era, de una transformación profunda en la forma de gobernar.* Sin embargo, este retroceso en materia de certificación genera una profunda desilusión. *¿Cómo es posible que, con los avances tecnológicos y las lecciones aprendidas de las últimas décadas, hayamos vuelto a un punto de partida tan crítico?*
Este hecho nos obliga a una reflexión sincera y autocrítica. Más allá de las excusas y las justificaciones políticas, es fundamental que el Gobierno reconozca el error y tome medidas inmediatas para corregir el rumbo. *La ciudadanía merece una explicación clara y un plan de acción contundente que demuestre que la seriedad y el compromiso no son negociables*.
La descertificación es una herida en el orgullo nacional, pero también una llamada de atención. No podemos permitir que el país siga retrocediendo en áreas tan vitales. La reconstrucción de la confianza perdida y la recuperación del estatus internacional deben ser la *prioridad número uno* del actual Gobierno.
Solo así podremos demostrar que el *“cambio”* no fue una promesa vacía, sino un verdadero motor de progreso y desarrollo.
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