*Estimados lectores,*
Cuando mis pasos me condujeron por primera vez a esta fascinante y compleja profesión del periodismo, lo hice, como muchos, con la noble pero quizás ingenua idea de *cambiar el mundo*. Las ideas bullían en mi mente, listas para ser volcadas en el papel como semillas de transformación. Sin embargo, columna tras columna, la dura verdad se impuso: no podemos moldear el mundo solo con ideas. La verdadera fuerza reside en la *convicción interior*.
En este camino, *hemos conocido a muchos de aquellos* que se mueven en la sombra de los *”Corrillos del Parque Caldas”*. Su sabiduría, a menudo susurrada, nos ha revelado la más grande de las batallas: la desesperanza es la principal aliada de la injusticia. Este simple, pero profundo, *entendimiento ha sido el combustible que nos ha permitido seguir adelante, aún cuando el panorama se torna sombrío*.
Es un desafío cotidiano. La verdad, ese bien tan preciado, es continuamente distorsionada. No solo por quienes detentan el poder formal, sino también por aquellos colegas que han permitido que su labor sea manipulada por el poder económico u otras influencias. *Nos convertimos, a veces, en títeres que se levantan, se sientan, hablan o callan, solo por orden de intereses ajenos a la verdad y a la ciudadanía*.
Este oficio me ha mostrado el reflejo más crudo de nuestra sociedad. He aprendido que a menudo *somos peores de lo que hemos hecho*. Que la pobreza, más allá de una cifra, es una injusticia latente. El verdadero carácter de nuestra nación no se define en cómo tratamos a los ricos y privilegiados, sino en el trato que damos a los *pobres y a los desfavorecidos*. Ellos son el barómetro moral de nuestro país.
Nuestro sistema, y lo vemos acentuado en este gobierno, ha demostrado una capacidad aterradora para quitarle más a aquellos que menos tienen, sin el poder de devolverles lo perdido. *El llamado “estallido social” que prometía un verdadero cambio parece haber terminado, para muchos, en la remoción de beneficios y la profundización de la desigualdad*.
Pero precisamente este doloroso ejemplo nos grita una verdad fundamental: *el 2026 debe ser el momento de la patria para cambiar para bien*. No podemos permitir que se siga arrebatando lo poco que queda.
Si somos capaces de mirarnos al espejo con honestidad brutal, observaremos una necesidad compartida: *todos necesitamos de todos*. O tal vez, como sociedad, necesitamos un poco de gracia inmerecida. Es el momento de elevar nuestro espíritu crítico a la hora de elegir. Debemos exigir y creer que Colombia merece más de lo que le estamos dando, y que nosotros, como ciudadanos, debemos ser más justos en lo que verdaderamente recibimos y, sobre todo, en lo que demandamos.
Me mantengo orgulloso de ser periodista y, con la convicción que Dios nos otorga, seguiré sirviendo desde esta trinchera y en Senado de la Republica , si Dios y Maria Auxiliadora nos tiene para estar alli .
Marcelo Arango Mosquera


































































