El balance ambiental de 2025 nos entrega una noticia que, en medio de la crisis climática global, se siente como un respiro necesario: la deforestación en la Amazonía colombiana cayó un 25%. Ver que la cifra pasó de 48.500 a 36.280 hectáreas en los primeros nueve meses del año no es un dato menor; es el reflejo de que, por fin, la estrategia de “conservar con la gente” está ganando terreno frente a la bota militar o la indiferencia estatal.
Sin embargo, en temas ambientales, las victorias suelen ser tan frágiles como el mismo ecosistema que pretenden proteger. Aunque Meta, Caquetá y Guaviare muestran signos de recuperación, el aumento de la tala en Putumayo actúa como un recordatorio persistente: la deforestación no desaparece, se desplaza.
El triunfo de la comunidad sobre el asfalto
Es rescatable que el Ideam y las autoridades ambientales reconozcan que este logro no es gratuito. La articulación con las comunidades y los acuerdos voluntarios de conservación demuestran que el campesino y el habitante del bosque no son los enemigos, sino los guardias naturales. El apoyo económico y el impulso a proyectos sostenibles son la única vía real para combatir el hambre que, a menudo, es el motor que empuja la frontera agrícola.
Los enemigos que persisten
Pero no podemos caer en un optimismo ciego. Mientras celebramos la reducción del 25%, el arco noroccidental de la Amazonía sigue bajo fuego. El acaparamiento de tierras y la ganadería extensiva no son problemas ambientales, son problemas de poder y legalidad. La apertura de vías ilegales sigue siendo la “arteria” por donde se desangra nuestra biodiversidad.
La transición hacia la temporada seca será la verdadera prueba de fuego (literal y figuradamente) para este modelo de conservación. Si las estructuras de control no se fortalecen y si el Estado no llega a los territorios vulnerables con algo más que promesas, corremos el riesgo de que la reducción del 2025 sea solo un paréntesis en una tragedia de largo aliento.
Una meta compartida
Reducir la deforestación es un avance, pero el objetivo final debe ser la deforestación cero. Los retos para 2026 son claros: blindar las zonas donde la tala está aumentando y asegurar que las familias que hoy protegen el bosque no se vean obligadas a volver a la motosierra por falta de oportunidades económicas.
La Amazonía ha ganado una batalla en 2025, pero la guerra por su supervivencia se sigue librando en cada hectárea que logramos arrebatarle a la ilegalidad.
COLUMNSTA INVITADO :
MARCELO ARANGO MOSQUERA
CORPORACION COLOMBIA EXTREMO


































































