La historia de la Policía Nacional de Colombia, que comenzó formalmente en noviembre de 1891, se lee hoy como un relato de contrastes profundos. Resulta fascinante, y a la vez nostálgico, revisar los requisitos de aquel entonces: 450 hombres de “buena contextura”, que supieran leer y escribir, pero sobre todo, que fueran “cultos y de buen trato”. Ese ideal de un cuerpo civil cercano al ciudadano, personificado por el comisario francés Juan María Marcelino Gilibert, planteaba una visión de orden basada en la urbanidad y la ausencia de “vicios”.
Sin embargo, la realidad colombiana pronto se encargó de poner a prueba ese romanticismo inicial. La transición de los pintorescos “serenos” —aquellos vigilantes de ruana y sombrero que anunciaban la hora y encendían faroles— hacia una fuerza nacionalizada, refleja la transformación de una sociedad agraria y dividida hacia una nación sumergida en la complejidad de la violencia partidista y, posteriormente, el crimen transnacional.
El peso de la política y el uniforme
Uno de los puntos de inflexión más críticos mencionados en su historia es el año 1948. El Bogotazo no solo fracturó al país, sino que puso en evidencia la vulnerabilidad de la institución ante la lucha partidista. El hecho de que el Gobierno de la época decidiera licenciar a todos los policías para entregar sus funciones al Ejército es un recordatorio histórico del peligro que corre una fuerza armada cuando pierde su norte de imparcialidad.
La integración de la Policía al Ministerio de Guerra (hoy Defensa) bajo el gobierno de Rojas Pinilla fue un paso administrativo lógico para la época, pero que hasta el día de hoy genera debates académicos sobre la naturaleza civil de la institución. ¿Es posible mantener un carácter civil mientras se combate en la primera línea de un conflicto armado interno?
Evolución y Profesionalismo
A pesar de las crisis, es notable el esfuerzo de la institución por profesionalizarse. Desde la creación de la Escuela de Detectives en 1914 hasta la apertura de la Escuela General Santander, la Policía ha entendido que el orden no se mantiene solo con “buen trato”, sino con ciencia, investigación y técnica.
Hoy, la Policía Nacional es un referente internacional en la lucha contra el narcotráfico y el secuestro, una experiencia forjada dolorosamente en las décadas más oscuras del país. No obstante, al mirar hacia atrás, a ese decreto de 1891, surge una pregunta necesaria para el presente: ¿Hemos conservado ese ideal de “cultura y buen trato” que Gilibert soñó?
Conclusión
La historia de la Policía es, en esencia, la historia de Colombia: un intento constante por organizar el caos bajo un marco de ley. La evolución desde los 450 hombres originales hasta la fuerza técnica y robusta de hoy es innegable. El reto del siglo XXI sigue siendo el mismo que el del XIX: que el uniforme no sea un símbolo de distancia o autoritarismo, sino el reflejo de una ciudadanía que confía en sus protectores por su integridad, su profesionalismo y, sí, por su cultura.


































































