La llegada de Alfredo Acosta Zapata al Ministerio de la Igualdad no es solo un movimiento en el ajedrez burocrático de Colombia; es un acto de insurgencia simbólica. Mientras en los salones alfombrados de Bogotá y en los editoriales de la prensa tradicional se rasgan las vestiduras por la ausencia de un diploma universitario, en la Colombia profunda, esa que ha puesto los muertos y la esperanza, se celebra un acto de justicia elemental.
El «escándalo» de su hoja de vida no es un debate sobre idoneidad; es el último refugio de un clasismo rancio que se niega a aceptar que el conocimiento no es propiedad privada de las élites académicas. Se confunde intencionalmente el privilegio de acceso con la capacidad de mando, y el cartón en la pared con la sabiduría para gobernar.
La Maestría del Territorio
Alfredo Acosta, hijo de Caloto y del pueblo Nasa, no llega al gabinete con las manos vacías. Porta las credenciales que ninguna facultad puede otorgar: una maestría en resistencia, un doctorado en la defensa de la vida y la graduación de honor en la escuela de la supervivencia. Quienes exigen un tecnócrata ignoran que para demoler las barreras de la exclusión no se necesita a alguien que sepa leer estadísticas de pobreza, sino a alguien que sepa leer el alma de los excluidos.
Coordinar a la Guardia Indígena Nacional, 60.000 voluntades movilizadas por la vida y el territorio— requiere una capacidad logística, ética y política superior a cualquier especialización en gestión pública. Su papel en la Operación Esperanza, rescatando a los niños en la selva del Guaviare, no fue un golpe de suerte; fue la demostración de que el saber ancestral y la disciplina organizativa son herramientas de Estado. Eso es gestión de lo público en su estado más puro.
El Fin de la Endogamia Política
Este nombramiento rompe el molde de la endogamia política colombiana. Incomoda porque valida que el bastón de mando tiene tanto peso como el decreto presidencial. Incomoda porque pone a decidir a quién, históricamente, solo se le permitía obedecer. Como bien dice su compañero de lucha, Giovani Yule Zape, esto es justicia epistémica: el reconocimiento de que la palabra y el territorio son fuentes de saber legítimo.
A menudo vemos alcaldías y gobernaciones repletas de “doctores” rodeados de comités de aplausos, figuras que se marchitan en escritorios refrigerados mientras pierden la esencia de lo humano. Alfredo Acosta, en cambio, trae el aire de la calle, el sudor de la marcha y la claridad de quien ha caminado la palabra. El tiempo ha sido su mejor maestro, enseñándole a desechar lo que daña al pueblo y a cultivar lo que lo protege.
La Dignidad no se Enmarca
La administración pública tiene técnicos de sobra para el trámite y la minucia. Lo que le falta es pulso social. La presencia de Acosta en el gabinete garantiza que las políticas de igualdad dejen de ser un ejercicio estético diseñado en Bogotá y se conviertan en una herramienta visceral de transformación.
Este es un mensaje contundente al país: la dignidad no se certifica en una notaría; se ejerce en la lucha. El Estado colombiano, por fin, ha decidido empezar a parecerse a su gente. Alfredo Acosta Zapata asume este reto bajo el fuego del prejuicio, pero lo hace con la frente en alto, recordándonos que el título más valioso que un servidor puede ostentar no se imprime en papel: se escribe en la memoria y el respeto de su comunidad.


































































