El Centro Democrático, el partido que durante años presumió de una disciplina de hierro bajo la sombra del expresidente Álvaro Uribe, parece estar viviendo su propio “domingo sangriento” político. La salida de María Fernanda Cabal y José Félix Lafaurie no es un simple cambio de nombres; es un sismo de magnitud mayor que pone en duda la legitimidad de sus procesos internos y, peor aún, la viabilidad de su supervivencia como fuerza unificada de derecha.
La sombra del fraude
Lo denunciado por Lafaurie en su misiva a Gabriel Vallejo es demoledor. No estamos ante una pataleta de perdedores, sino ante una acusación directa de corrupción procedimental. Hablar de falta de comités de garantías, manipulación de bases de datos y la injerencia de asesores externos como Lester Toledo para “adulterar” resultados, hiere de muerte la confianza del militante de a pie.
Si la encuesta, ese mecanismo que el uribismo ha sacralizado para elegir candidatos, hoy es señalada de espuria por sus propias figuras tutelares, ¿qué le queda al partido? La candidatura de Paloma Valencia, aunque legítima en los papeles, nace hoy con una mancha de duda que la oposición no tardará en explotar.
Una tragedia convertida en pugna política
Resulta especialmente doloroso y éticamente cuestionable el capítulo de Miguel Uribe. La mención a la utilización de la causa de su hijo fallecido y la presunta falta de consenso familiar con su viuda, María Claudia Tarazona, pinta un panorama desolador sobre cómo se está manejando el poder dentro de la colectividad. Cuando la política pierde el respeto por el luto y la privacidad, lo que queda es una maquinaria fría que prioriza el escaño sobre la decencia.
La escisión: ¿Salvación o fragmentación?
La propuesta de Cabal y Lafaurie es clara: una salida digna vía escisión. María Fernanda Cabal sabe que tiene un capital político propio, una base fiel que no necesariamente comulga con las formas de la dirección actual del CD. Al buscar crear su propia agrupación, Cabal no solo busca independencia, sino que prepara el terreno para un liderazgo sin las ataduras de los “barones” del partido.
El panorama es sombrío para el Centro Democrático:
- A corto plazo: Llegan a la consulta interpartidista con una herida abierta.
- A mediano plazo: La fuga de capital electoral hacia la nueva colectividad de Cabal podría atomizar el voto de la derecha.
- A largo plazo: El partido corre el riesgo de convertirse en un cascarón vacío si no logra depurar las responsabilidades de quienes, según la denuncia, “transitan por el filo de la vulneración de los principios legales”.
El uribismo está en una encrucijada. O se reinventa bajo la transparencia absoluta, o asume que la era de la “mano firme” también se aplicó para cerrar puertas internas, provocando que sus fichas más fuertes prefieran construir una casa nueva antes que habitar una en ruinas.


































































