Colombia despierta hoy con el corazón arrugado y la mirada puesta en las montañas de Norte de Santander. La frase de Libardo Ascanio, el líder campesino que caminó tres horas entre la maleza y la falta de oxígeno para encontrarse con el horror, resuena en los oídos de un país que aún no terminaba de procesar el luto por el accidente en Boyacá: “Todos están muertos”.
El siniestro del vuelo NSE 8849 de Satena no es solo una cifra fría de 15 o 19 víctimas, ni un expediente más en la Aeronáutica Civil. Es la radiografía de una región, la provincia de Ocaña, que ve en la conectividad aérea un salvavidas para su aislamiento, pero que hoy encuentra en esas mismas rutas una escena de desastre.
Resulta inquietante , por decir lo menos, que, en pleno siglo XXI, la respuesta ante la desaparición de una aeronave comercial dependa de la voluntad y las piernas de los habitantes de la zona. Mientras las entidades nacionales activaban protocolos y emitían comunicados desde la comodidad de los despachos, fueron los campesinos de la vereda Curasica quienes, con la solidaridad que caracteriza al que poco tiene, enfrentaron la pendiente y la densa nubosidad para confirmar lo que nadie quería oír.
Las autoridades se apresuran a mencionar las “condiciones meteorológicas adversas”. Es cierto, la nubosidad en la zona de Aguas Claras es una trampa histórica para los pilotos. Sin embargo, surge la pregunta incómoda: ¿Es suficiente con “cumplir los requisitos” cuando se opera en geografías tan implacables? El coronel Álvaro Bello afirma que el avión tenía 32.000 horas de vuelo y estaba en regla. Pero para las familias de los pasajeros y del congresista Diógenes Quintero, los tecnicismos no ofrecen consuelo frente a un rastro de metal retorcido que quedó, según los testigos, como una “carretera” en la montaña.
Los otros diez pasajeros fueron:
- Natalia Cristina Acosta Salcedo
- María Torcoroma Álvarez Barbosa
- María Alejandra Avendaño Rincón
- María del Carmen Díaz Rodríguez
- Anirley Julio Osorio
- Karen Liliana Perales Vera
- Rolando Enrique Peñalosa Gualdrón
- Anayisel Quintero
- Gineth Rincón
- María Alejandra Sánchez Criado
Esta tragedia corta de tajo un proyecto de conectividad que apenas cumplía diez meses. La ruta que debía dinamizar el comercio y unir a Cúcuta con Medellín se ha convertido en un recordatorio de la vulnerabilidad de nuestro cielo.
No basta con habilitar salas de espera para los familiares en el aeropuerto Camilo Daza ni con lamentar el balance fatal. La investigación debe ir más allá de la “hipótesis climática”. Colombia no puede acostumbrarse a que sus cielos sean cementerios cada 19 días. Si el objetivo es conectar a la “Colombia profunda”, esa conexión no puede hacerse a costa de la seguridad mínima.
Hoy, el país llora a quienes buscaban acortar distancias y terminaron encontrando el final en una montaña de La Playa de Belén. La lección de Libardo y sus vecinos es clara: mientras el Estado llega en helicóptero a recoger restos, la comunidad llega a pie a poner el pecho. Ojalá la justicia y la verdad caminen con la misma prontitud que esos campesinos.


































































