Históricamente, nos han vendido la idea de que la política es un ejercicio de martirio. En Popayán, como en gran parte del país, la narrativa dominante dicta que el liderazgo exige un sacrificio constante, una resistencia que no admite pausa y una reactividad que prioriza el ruido sobre la reflexión. Se nos ha enseñado que para ser un “buen líder” hay que vivir al límite, confundiendo el compromiso real con el desgaste absoluto. Sin embargo, es hora de cuestionar esta premisa: ¿cómo pretendemos sanar una sociedad si los encargados de liderarla están emocionalmente rotos?
La participación ciudadana en nuestra ciudad ha crecido, especialmente entre jóvenes y adultos que buscan conectar con sus comunidades. Pero muchos de estos procesos nacen bajo una paradoja peligrosa: la creencia de que el cambio social requiere, necesariamente, la anulación del individuo. En este escenario, el autocuidado se percibe erróneamente como un acto de egoísmo o desinterés, cuando en realidad es la base de la corresponsabilidad.
El experimento del ratón y la política del reclamo
Hemos caído en una especie de “experimento del ratón detrás del olor”. La política se ha vuelto transaccional y dependiente. Si no hay un beneficio inmediato o una recompensa, la movilización se detiene. Esta dependencia ha generado líderes que no proyectan comunidades autogestionadas, sino seguidores condicionados.
A esto se suma la cultura del “cacareo”: esa necesidad de gritar y figurar, ahora potenciada por la inmediatez de las redes sociales. Muchos nuevos liderazgos se construyen desde la urgencia y la indignación constante. Si bien la queja es un derecho, la política que solo sabe reclamar pero no concertar termina siendo agresiva y, a largo plazo, insostenible. Se prefiere la “malo conocido” —la crítica destructiva— porque es lo que parece funcionar en el algoritmo y en la plaza pública.
Hacia un liderazgo integral y sostenible
El verdadero reto para Popayán no es solo aumentar la participación cuantitativa, sino cualitativa. Necesitamos transformar el rol del líder. Un líder político o social debe ser un ser humano integral, alguien que tenga la capacidad de estar emocionalmente disponible para su familia y para sí mismo, no solo alguien que sea “políticamente activo”.
“No hay coherencia en un proceso social que predica bienestar mientras sus actores se destruyen en el camino.”
Cuidarse es un acto político porque rompe con el ciclo de la violencia y el desgaste. Cuidarse permite:
- Fomentar acuerdos: Solo quien tiene equilibrio emocional puede sentarse a negociar sin ver al otro como un enemigo a destruir.
- Tener criterio: El cansancio crónico nubla el juicio; el descanso y el cuidado personal lo agudizan.
- Sostener procesos: La política no debe ser una carrera de velocidad que nos deje exhaustos en una sola elección, sino una maratón de aliento largo.
Conclusión: La democracia del cuidado
Hablar de Colombia como “patrimonio de la vida” no debe ser un eslogan de campaña, sino una práctica cotidiana. En Popayán, cuidar nuestro patrimonio físico es vital, pero cuidar el patrimonio humano, nuestros líderes, nuestros jóvenes, nuestros vecinos, es urgente.
Debemos transitar hacia sistemas donde el cuidado mutuo y personal sea la norma. Permanecer en los procesos sin destruirnos es la única forma de garantizar una democracia sana e integral. Al final del día, el acto más revolucionario que podemos ejercer en medio de tanta tensión social es, precisamente, el derecho a estar bien para poder construir con otros. Cuidarse no es retirarse de la lucha; es asegurarse de tener fuerza para ganarla.


































































