Aristóteles sostenía que el fin único de la política es alcanzar el bien común. Sin embargo, al observar el panorama electoral actual, parece que ese norte se ha perdido en una neblina de ataques personales, ideologías vacías y discursos alimentados por el odio. Se avecinan elecciones y, más allá de nombres o colores, la pregunta que debemos hacernos antes de marcar el tarjetón es tan sencilla como profunda: ¿Esta decisión mejora o empeora la vida de la gente?
Colombia ha mantenido una democracia estable, un sistema donde los ciudadanos cedemos parte de nuestra libertad individual al Estado. Le permitimos imponer leyes y administrar los recursos que producimos con el sudor de nuestra frente. A cambio de ese “voto de confianza”, el contrato es claro: esperamos un país mejor para todos, no solo para una élite o los amigos del gobernante de turno.
El peligro de la emoción sin información
Uno de los mayores riesgos actuales es la manipulación de la opinión pública a través de las emociones. Los candidatos saben que el miedo o el odio movilizan más rápido que una propuesta técnica. Por eso, el pensamiento crítico es nuestra mejor defensa.
No podemos permitir que las redes sociales sean nuestra única fuente de verdad. Es imperativo investigar la trayectoria de los candidatos: ¿Cómo se han comportado en el pasado? ¿Tienen experiencia real o son solo expertos en retórica? ¿Sus promesas son viables o son simples espejismos para ganar votos?
La Triple Revolución: Seguridad, Justicia e Infraestructura
Para que un proyecto político sea serio y no meramente populista, debería cimentarse en lo que podemos llamar una “triple revolución”:
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Seguridad: Sin ella no hay vida, y sin vida no hay nada. No se trata de buscar la guerra, sino de tener la firmeza y el carácter para que nadie viva con miedo.
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Justicia: Una ley que no se cumple no es ley. La impunidad erosiona la confianza. La justicia debe ser una piedra firme, no un lujo accesible para unos pocos.
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Infraestructura: El desarrollo ocurre cuando hay puentes y no barreras. Vías, energía, conectividad, salud y educación son el terreno fértil que el Estado debe garantizar.
Un Estado justo, no un Estado salvador
Un Estado verdaderamente justo no es aquel que le ruega al desinteresado que trabaje o al delincuente que se detenga. Un Estado justo es el que crea las condiciones para que el éxito dependa del deseo y el esfuerzo individual, y no de la “palanca” o el amiguismo. Debe ser un facilitador que convierta las murallas en caminos posibles para quien decide salir adelante, ya sea que provenga de la pobreza o busque un nuevo comienzo.
Menos ideología, más sentido común
Es triste ver precandidatos cuya única propuesta es el ataque al oponente. La ideología, cuando es ciega, nubla el juicio. El sentido común, en cambio, nos dicta que si no se trabaja, no se produce; y que si se toman malas decisiones, hay consecuencias.
Al votar, dejemos de lado las etiquetas de izquierda, derecha o centro. Preguntémonos si el candidato tiene ese mismo sentido común que aplicamos en nuestras casas. Nuestra responsabilidad no termina en las urnas; el ciudadano debe ser un veedor constante.
Votemos con la mirada puesta en el interés general. Hagamos que nuestro voto sea, finalmente, la herramienta para construir esa Colombia donde prosperar sea un derecho real y no un milagro.


































































