La noticia de una explosión en las inmediaciones de la base militar del Crucero de Guali, en Caloto, ya no se recibe como un hecho aislado, sino como un síntoma crónico de una enfermedad que el Estado no logra curar. Mientras las autoridades verifican si el saldo se cuenta en daños materiales o en vidas humanas, la sociedad civil del norte del Cauca vuelve a quedar atrapada en el fuego cruzado de una guerra que parece no tener fin.
La fragilidad de la seguridad
El presunto ataque, atribuido preliminarmente a las disidencias de las Farc —específicamente al frente “Dagoberto Ramos”—, pone de manifiesto dos realidades incómodas:
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El control territorial: A pesar de la presencia del Ejército, estos grupos mantienen una capacidad operativa que les permite golpear puntos estratégicos a plena luz del día.
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La vulnerabilidad civil: El Crucero de Guali no es solo un punto militar; es una zona de tránsito donde la población campesina e indígena desarrolla su vida diaria. Cada detonación fractura un poco más el tejido social y la confianza en las instituciones.
¿Paz total o zozobra total?
Resulta paradójico que, mientras a nivel nacional se discuten mesas de diálogo y ceses al fuego, en el norte del Cauca la realidad sea el confinamiento, las granadas y el miedo. El frente “Dagoberto Ramos” ha demostrado que su prioridad no es la política, sino el control de las economías ilícitas y el amedrentamiento de las comunidades que se atreven a resistir.
El Cauca se ha convertido en el termómetro de la seguridad nacional, y hoy, ese termómetro marca una fiebre peligrosamente alta.
El silencio que precede al parte oficial
Estamos a la espera de un pronunciamiento oficial, pero más allá de las cifras de heridos o daños, lo que la ciudadanía exige es un cambio de estrategia. No basta con “verificar los hechos” después de que la bomba estalla; se requiere una presencia estatal integral que desarticule las finanzas criminales y ofrezca alternativas reales a una juventud que hoy solo ve en el fusil una salida.
El estruendo en Caloto es un llamado de auxilio. Si el Estado no logra retomar el control efectivo y proteger a sus ciudadanos en estas zonas críticas, la palabra “paz” seguirá siendo, para los caucanos, un eco lejano que se ahoga entre explosiones


































































